EL PADRE YEROVI *

Por JUAN MONTALVO.

"El género humano va pasando como las aguas del río, que no vuelven: su curso es tumultuoso, y sus oleajes meten mucho ruido.

Soberbios son los hombres; en una generación nace un humilde, y generaciones pasan que no traen sino malos.
Hierve en la ciudad la juventud alegre y bulliciosa: la alegría es su divisa, la vanidad su medio, el gusto su fin.
Pues entre ella hubo un niño risueño y locuaz como sus compañeros, que no se distinguía de todos sino por la agudeza de su ingenio, y por tal cual instante de melancolía que a las veces le tomaba.

Un día se llegó a su padre y le dijo: Padre mío, Dios me llama; quiero ser su servidor: la Iglesia es mi refugio, porque un día pasado en su morada vale más que mil días. Este niño era humilde de corazón. El padre vio que había verdad y virtud en su hijo; pero como poseía la sabiduría de la experiencia, vio que podía ser errado ese camino, y temió y quiso esperar y observar. El tiempo es testigo de las verdaderas inclinaciones del hombre; la prudencia trae consigo el buen éxi­to de las cosas: el padre, conmovido, estrechó al hijo en su seno, y vertió lágrimas, y respondió: Si Dios te llama, hijo mío, mejor para nosotros; mas nunca fue tarde para seguir las vías del Señor, al paso que si el mundo te atrae y te cautiva, ya no puedes volver a él, cuando entras por ministro de la religión. Joven eres; sigue una carrera que te mantenga apto para todo: si andando los años permanece este apego a lo eclesiástico, recibe las órdenes y sirve a Dios; si las pasiones mundanas se te despiertan a su tiempo, busca esposa, y sé buen padre, y sirve al Señor. No sólo el sacerdote va por su senda; el buen marido, el buen padre de familia es también un sacerdote, y el mundo, el templo del Altísimo: todo consiste en la virtud; sé virtuoso, y siempre le servirás. Mas para ser malo, mejor es no infestar su casa, ni penetrar sus misterios, ni manosear sus símbolos. El mal sacerdote de Dios es buen sacerdote del demonio.

Y como el hijo era humilde de corazón, oyó a su padre y vio que era verdad cuanto decía, y obedeció y esperó. El corazón del padre es una fuente pura en donde hierve la felicidad del hijo: el joven cuerdo bebe en ella, y se baña, y queda limpio, y siente gran ligereza en el alma. ¿No es la obediencia una virtud?

Ese niño era obediente: siguió las indicaciones de su padre, y por el camino que él le había señalado, salió a la nombradía, y dentro de poco fue jurisconsulto, literato además, y su talento andaba en boga, siendo su reputación bien merecida. Conociéronle sus maestros y le distinguieron entre sus discípulos, y quisieron que esa clara inteligencia fuese mejor cultivada, y aprovechase a sus semejantes ese niño.

Títulos de sabiduría, fama, aprecio de los buenos, envidia de los malos no habían torcido sus inclinaciones, no habían ensoberbecido su alma: permanecía humilde, porque era humilde de corazón.

Y volvió a su padre, y le dijo: Padre mío, Dios me llama; quiero ser su servidor: un día pasado en su morada, vale mas que mil días.

Y el anciano volvió a conmoverse, echó lágrimas, y estrechando a su hijo en el seno, respondió: Si Dios te llama, hijo mío, vé hacia él; sírvele como bueno, y honra su memoria.

El abogado, el literato distinguido, el joven brillante dio un paso del mundo afuera, y, sacerdote del Señor, comenzó a servirle; y le sirvió de veras, porque era humilde de corazón.

Mas como la virtud no se opone a los cargos de la asociación civil, y como por casualidad se hiciese entonces mucho caso del verdadero mérito; su prelado puso los ojos en el clérigo, y a pesar de sus juveniles años, le revistió de un cargo ilustre, y le envió a remotas provincias a ejercer la autoridad suprema. en lo perteneciente a la Iglesia de Jesucristo.

Pero como era humilde de corazón, no pudo contemporizar con las costumbres que reinaban en esas ciudades: y como tampoco pudo acrisolarlas, vio que era inferior, y que en la lucha sería vencido. ¿Cuáles son los enemigos más terribles sino aquellos que procuramos defender? Ilustrar al ignorante es defenderle, reformar al perdido es defenderle, traer al camino el dascarriado es defenderle. El Vicario apostólico no pudo salir con su empeño, a pesar de su conato, porqué los otros estaban bien hallados consigo mismo, e hicieron pie contra el Vicario, y alzaron el brazo, y con el cuello erguido dijeron: ¡No queremos!

Y no quisieron, y el Vicario no pudo constreñirles a cumplir sus deberes, porque para ello había menester la fuerza: la fuerza no era de su carácter, ni su carácter podía prestarse a aquellos duros actos que son indispensables para arrancar del sumidero de los vicios al vicioso pertinaz, para reformar las malas costumbres, para sujetar al estudio la pereza.

Y el apóstol del Señor sintió un profundo disgusto dentro de si; y como no estaba en su mano obrar el bien quiso huir del mal, y de la noche a la mañana desapareció, sin que nadie supiese qué rumbo había tomado.

En los selvosos Andes, circuído por una agreste naturaleza, se eleva un pueblo sencillo y feliz en su inocencia. La refinada cultura que pule, pero que estraga a los hombres, no ha llegado a esas breñas todavía; el ruido de las ciudades populosas no tiene allí cabida, y la existencia corre blandamente, no perturbados sus moradores por aquel desenfrenado regocijo que enloquece a las grandes capitales. Un justo edificó allí una casa a la virtud, a donde se retraen los buenos a buscar a Dios en el silencio.

Dios está en todas partes, su espíritu llena el aire, los mares y la tierra; ¿por qué ir a buscarle entre las paredes de un edificio? Porque el mundo se interpone entre él y los ojos del que le busca: la atmósfera de las ciudades es infecta, el aliento de Dios es puro, no se le puede respirar al mismo tiempo: si nos llama, no le oímos; si nos mira, no le vemos: el placer, la avaricia, la soberbia son nuestros cómplices nos ayudan a desconocerle y desoírle. Justo, huye de las ciudades, retírate a una montaña o a un triste monasterio.

La Tebaida sabe mil secretos, habidos entre el hombre y su Creador: allí se despoja de la carne, y, espíritu bienaventurado, el hombre se salva de antemano, penetrando desde la tierra las glorias del cielo con su larga y pura vista. ¿Quién tiene su asiento a la diestra del Señor? ¿qué voz resuena distinguida en los coros de los ángeles? Es la del humilde cenobita que pasó sus días contemplando su infinidad, adorando su divinidad, huido de los hombres y el pecado en un riscoso monte. El San Bernardo está más cerca del cielo, su cumbre se encuentra con el firmamento: la Trapa tiene puertas que dan al Paraíso: la Cartuja es una parada a la entrada de la gloria. Caridad, sabiduría, penitencia, he ahí los habitantes de esas melancólicas pero tranquilas y felices moradas.

¿Por qué el arrepentimiento se refugia en ellas? ¿por qué el remordimiento siente alivio en ellas? Porque donde habitan los buenos habita el Señor, porque donde respiran los buenos respira el Señor. La virtud puede ser sociable, cierto; mas un pecho herido de los flechazos del mundo, una alma pringada por el fuego del mundo, pensamiento enloquecido por los delirios del mundo, no se cura sino en la soledad, entre las cuatro paredes de una austera casa, donde no puso los pies la concupiscencia con su horrible comitiva de desgracias.

El que teme las tentaciones y quiere huir las ocasiones, deja su vestido, toma el del monje, y padeciendo y sufriendo en la vida, espera descansar y ser premiado en la muerte. ¿Qué hace ese majestuoso anciano, con la pala en la mano, en la puerta del convento? Cava su sepultura: allí se enterrará, de allí subirá al cielo; ¿no tiene la humildad entrada franca en él?

Pero si todos hiciesen lo mismo, el género humano se extinguiría luego, y en tanto que se extingue, no será el mundo -sino un prolongado claustro, me dirá. Así es; ¿mas he dicho quizás que todos deben vestir hábito y vivir cavando su sepultura? El que nació para padre, tome esposa; el que nació para la guerra, ármese; el que nació para la sabiduría, estudie. Pero el humilde de corazón, aquel cuyas afecciones no le tiran al siglo, el alma sencilla e inocente que de suyo se inclina a la penitencia, ¿por qué no practicarla? Siempre será ése un ejemplo de piedad, y no está por demás en la asociación civil el penitente. Podemos ser virtuosos sin exceso, y nuestro Padre común se contenta con la virtud medida; mas ¿quién prohíbe que haya santos?

El Vicario apostólico había desaparecido de la noche a la mañana de la ciudad a él encomendada; y como si él fuera el culpable, como si él fuera el pecador, hele allí entregado a la más austera regla, privado voluntariamente del sueño y del alimento, clamando y pidiendo misericordia al Juez terrible, allí en la casa de la virtud, en ese pueblo de los Andes, el silvoso, frío Pasto.

Siete años ha vivido en penitencia: orar, confesar, mirar por la virtud ajena y por la propia, ésta es su ocupación dulce e instructiva; el que ve a Dios presencia el espectáculo más grande y placentero; el que vive con Dios tiene la vida más feliz y prolongada. Y aquel vicario humilde habla con Dios, y le ve, y vive con él; ¿no es esto ser feliz y vivir largo? En un oscuro claustro de otra ciudad lejana camina un fraile por la noche con su lámpara en la mano: entra. a la capilla del convento, se postra ante un crucifijo y permanece inmóvil, agachado, cruzados los brazos. ¿Qué hace? Habla con Dios: ¿quién es? El Vicario apostólico, el congregado de San Felipe Neri, el literato distinguido, el jurisconsulto consumado, el joven brillante de la ciudad de Quito. La muceta de Doctor se convirtió en corona de religioso, las borlas, del humanista en cingulos de franciscano. Pues no satisfecho de su humildad, la quiso todavía más subida, y tomó el grosero y pesado ropaje del convento. Y éste sí que sabe imitar a su modelo, Francisco revive en el fraile sabio y penitente. ¿Cuando vio Cali persona más humilde? ¿cuándo vio Cali monje más piadoso? ¿cuándo vio Cali cristiano más caritativo? Caritativo, piadoso, humilde, todo lo fue aquel fraile, y como ninguno de estos tiempos. Por el ayuno, el insomnio y la devoción. San Jerónimo le hubiera envidiado, y viviendo en un desierto, los ángeles hubieran bajado a servirle.

Hete allí preso al humilde sacerdote: los soldados le han tomado, los soldados le llevan, el pueblo gime y va tras él. ¿Van a matarle? No; pero le mandan en destierro, le echan a empellones de la ciudad que purifica con su aliento, que santifica con su ejemplo. Un hombre virtuoso es el resguardo de un pueblo; uno santo, su corona; ¿cómo echarle? La revolución es cierta: arremete con todos, y moviendo cien brazos, alcanza y hiere a sus amigos y sus enemigos. La revolución es un incendio que todo lo consume: la vil madera se va en humo y queda en cenizas; el oro, allí se queda cuajado y purificado. La revolución no es mala cuando es justa: destruye, pero crea: abate, pero levanta; es ciega, pero engendra luz. Los golpes que recibe el inocente, sírvanle de penitencia; el fanatismo, la barbarie, la tiranía caigan, mueran, perezcan.

El padre Yerovi si que era virtuoso: jsanto varónl daba limosna de su mano a la del pobre, oraba en un rincón de su oscura celda, escuchaba y practicaba la ley de todos modos. El padre Yerovi si que era virtuoso verdaderamente, porque era humilde de corazón. Su humildad y su virtud encumbrada, han atravesado los mares, y el humilde fraile es conocido en la ciudad eterna, su nombre se pronuncia en el Vaticano. Y como en ocasiones el mérito suele abrirse paso por las sendas más estrechas; y como en ocasiones la pobreza puede más que el oro, el Pontífice quiere elevar a una gran categoría al religioso de San Diego, para cuyo efecto se consulta con sus cardenales. ¡Obispo! ¡Obispo! exclaman todos, y le ponen en la mano el cayado de pastor, y la grandiosa nutra en la cabeza.

El venerable sacerdote obedece, y sólo por obediencia acepta cargo tan supremo. El rayo estalla en los sitios más erguidos, el viento anda furioso por los montes, cuando el valle permanece en calma: asi el orgullo en los hombres suele soplar por las altas jerarquías. Con el orgullo viene la soberbia, y la soberbia y el orgullo son ministros del espíritu malo.

El franciscano sabía esto, y tembló cuando fue tan enaltecido por el Padre Santo, y se postró, y suplicó le dejaran en su desconocido y triste lugar, sirviendo a Dios sin orgullo ni soberbia.

Si los buenos se retraen, ¿quiénes han de regir a los hombres? quedan los malos. Es un deber, así en el buen ciudadano como en el buen sacerdote, no dejar las cosas de la República y de la Iglesia en manos de los ruines. El buen fraile sabía también esto, y revistió humildemente los hábitos episcopales. El justo es como el sol matinal, sube y crece hasta el mediodía, dice el Señor.

En un arenal tostado por el calor de la zona tórrida, se sienta en una piedra debajo de un cabuyo un pobre caminante. Encendida la tierra, le abrasa los pies descalzos; el grosero jergón que viste pesa en él y le sofoca. Por todo avío no se ve a su lado sino un bordón nudoso por toda comodidad, el fardel que trae a cuestas: un perro jadeante descansa a sus pies, he ahí su compañía; el caballo no se inventó para el que se dirige al cielo por el camino de la penitencia. Ya le habéis conocido: es el obispo de Cidonia que se dirija a su diócesis, el buen fraile de Cali, el confesor y servidor de la Penitenciaria de Lima, que ha sido elevado por su humildad a la categoría de pastor de los fieles, con derecho a la sucesión de un arzobispado.

Sigue adelante su camino: en la oquedad de un barranco encuentra un ciego limosnero, que al más ligero ruido alza la voz y pide por la Virgen el pan de cada día. El obispo se le llega, baja el fardel de las espaldas, y divide con el ciego sus tristes provisiones. Hijo mío, le dice, mientras haya uno que nada tiene, nadie es dueño sino de la mitad de su hacienda: toma y da gracias al Señor: nudos son los días del pobre, pero el corazón alegre es un festín perpetuo. Y le dio su bendición, y siguió adelante el religioso.

No a mucho andar topó con un infeliz privado del uso de una pierna: andaba a duras penas apoyado en una débil caña que poco le servía, y pronto iba a quedarse por ahí falto de fuerzas. El obispo se llegó a él y le dio su bordón nudoso: Hijo mío, le dijo, yo puedo caminar sin este bordón; tú lo necesitas más que yo; sírvete de él y da gracias al Señor.

Ese obispo era como Job, ojos del ciego, pies del cojo, pan del hambriento, sabía que para Dios son justos, no los que escuchan la ley, sino los que la practican.

Y siguió adelante su camino, y llegó de noche y en silencio a la capital de su diócesis, y fue consagrado al otro día, con modestia, siempre con modestia, porque era humilde de corazón.

Sabía muy bien aquel obispo que se le había revestído de su cargo ilustre no en bien suyo sino en el de sus semejantes. Así en lo civil como en lo eclesiástico la autoridad se da y se recibe en provecho de los a ella sometidos: los que no entienden este principio son pésimos magistrados. El buen fraile era no solamente bueno, pero también muy entendido en la ciencia del derecho y en todo linaje de materias: un hombre sabio y bueno ¿qué no hará? Mucho, mucho hizo el franciscano, y por su voluntad hubiera obrado mucho más.

El orgullo se estremece en presencia de su modestia; la soberbia se confunde en presencia de su humildad; la lujuria pierde el color en presencia de su castidad: los vicios todos van viniendo a su palacio, y no saben donde meterse al resplandor de la virtud de ese buen padre. Mas no temen tanto su poder cuanto su mansedumbre: amonesta, no reprende; suplica, no castiga, da ejemplos, no se vale de la fuerza. Y las costumbres corrompidas, y la ignorancia arraigada, y la ley no obedecida, objeto son de sus predicciones. Mañana me arrepentiré, dice el perverso; nunca fue tarde para hacerse perdonar de Dios. Pero el obispo empezó a decirles por la mañana:

"¿Quién nos afirma que hemos de ver la mañana?" Y todo era caridad y penitencia en el palacio.

Un hombre sucio y beodo va tambaleando por la calle: la barba le ha crecido, la cabellera revuelta le cae en las sienes, sus vestidos están hechos jirones. Este desgraciado es sacerdote, lo indican la sotana y el manteo. El obispo manda por él, y no echa en prisiones ni le impone castigos de ninguna clase: lávale, vístele, y le hace sentar a su lado como a su predilecto; y come y bebe con él, y le abre los ojos y le hace palpar su vergüenza, y le obliga con mansedumbre a cumplir sus deberes. Y ese mal sacerdote, ese ebrio de profesión no echa menos sus diversiones infamantes, porque está contento con las costumbres de su prelado y protector. El privilegio de la virtud es el respeto aun de sus enemigos; la virtud echa de si un ambiente que deleita aun a los malos.

A la puerta del palacio está temblando un cura que acaba de llegar de su parroquia: la conciencia le intimida, la justicia hace brillar su espada y le deslumbra. Sale su prelado, no severo, no terrible como esperaba el delincuente, sino manso y risueño. Hermano, le dice, hermano en Jesucristo, venid acá. Y le echa los brazos, y le aplica un ósculo de paz en la mejilla, y le introduce en su aposento. El clérigo está confuso, pero ya no teme: la barragana que mantiene en el convento, los hijos mal habidos que perturban con sus voces la iglesia vecina, las francachelas a que se entrega por costumbre, todo lo tiene por delante. Nada ignora su prelado, mas huye de aludir a esos delitos: trae en memoria la santidad de su ministerio, presenta a Dios irritado por la corrupción, habla de las virtudes, hace gustar de ellas por su elocuencia, enternece con sus lágrimas, y el hermano en Jesucristo jura reformarse y vivir como lo manda Dios, porque abre los ojos, y ve que vale más vivir humilde en su morada, que soberbio en casa del pecador.

La penitencia sin la caridad nada puede en los consejos de la eterna sabiduría. La limosna limpia el pecado y evita la muerte, dicen las Santas Escrituras; si la ejercitas, tu a una no irá a caer en las tinieblas. La limosna es un gran título de salvación para con el Señor. Y como el obispo era sabio tenía presentes estas cosas, y como era bueno cumplía estos preceptos, y daba limosna, privándose hasta de lo necesario.

"Si tienes mucho, da con abundancia; si poco, procura que lo poco que des sea de corazón". Dios era muy oído por ese hombre justificado: si tenía mucho lo daba todo; si poco, lo daba todo, y siempre de corazón. Nada quedaba para él, y nada le hacía falta sino para dar a los demás. Sólo una túnica tenía, y no podía dársela al que no tenia ni una, pues Dios manda que el que tiene dos, dé la una al que no tiene.

En un aposento de un barrio populoso está una mujer enferma en su pobre cama: un hombre trabaja por ahí en un ímprobo oficio, y a pesar del hambre que le sale al rostro, trabaja muy activo, porque el día que descansa no se desayuna la familia. Dos niños pálidos y zarrapastrosos permanecen callados al pie de la cama de su madre; otro de tierna edad se suspende en el pecho de la enferma, y en vano lo chupa con ahínco; en vano, que las fuentes de la vida acaban de agotarse: llora el niño, llora la madre; los otros están hambreados, pero callan; padecen, pero sufren: ¡qué socorrida virtud es la del sufrimiento! Las paredes del cuarto son negras, el fogón permanece frío: la ceniza es el símbolo de la tristeza. Un cuadro de la Virgen está clavado en la pared; al pie se ha acomodado una vela que arde perezosa y derramada. No almorzó esta mañana la familia, pero hubo para una vela de la Virgen: ¡que socorrida virtud es la de la fe! La fe trae consigo la caridad. No almorzó la familia esta mañana, y tal vez no comerá; ¿de qué sirve la fe? La fe sirve de mucho.

Deo gratías, exclama a la puerta un fraile; ¿cómo te sientes, hija mía? La pobre mujer se alza en el lecho como puede, pide la mano al sacerdote y se la besa con ardiente devoción. El padre de la familia se ha hincado ante el sacerdote, los niños se han hincado también, y el sacerdote los bendice a todos, porque es el santo obispo.

Llevó a esa pobre morada el pan del alma, y para el cuerpo dejó en la cabecera de la enferma lo necesario para quince días. Y volvió la vida a la familia, y la madre sufrió con resignación sus males, y el padre siguió trabajando contento, y los niños comenzaron a meter su alegre bulla en la casa porque ya estaban alimentados.

"Para Dios son justos, no los que escuchan la ley sino los que la practican". El santo obispo practicaba la ley, porque era justo.

El pueblo está reunido a las puertas del palacio arzobispal: una gran muchedumbre llena patios y corredores: viejos y niños, hombres y mujeres, ricos y pobres, todos se apiñan, todos quieren penetrar en un cuarto que ya no cabe de gente. Las campanas de la ciudad doblan a un tiempo en treinta iglesias, los habitantes andan agitados, y un vasto gemido que se levanta del palacio se difunde por la población entera. Siguen los dobles de las campanas, sigue el llanto del pueblo, no hay corazón que no esté opreso: ¿qué ha sucedido? Murió el santo, se apagó la llama, se consumó el sacrificio: el sacrificio, porque el santo murió en la cruz. Hambre, sed, llagas vivas, todo le atormenta, y todo lo sufre el mártir, porque hace penitencia. Mas ¿de qué se arrepentía? nunca obró el mal; ¿por qué se martirizaba? no tuvo pecados. Empero tenía presente y repetía de continuo esta horrible queja: Miserable de mi, ¿qué diré entonces? ¿de qué patrón me colgaré, yo pecador, cuando apenas saldrá bien el varón justo?

Quid sum miser tunc dicturus?
Quem patronum rogaturus?
Cum vir jústus sid securus.

Se consumó el sacrificio, se apagó la llama, murió el santo: y el pueblo llora, y llora sin consuelo, porque de ésos no vienen al mundo sino de tarde en tarde."1

El Cosmopolita.

1 * Biblioteca ecuatoriana clásica, tomo 16 Pág. 209-220

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