Presidente Baquerizo Moreno en 1920 decretó la conmemoración

13 de Abril Día del Maestro
Discurso del Dr. Manuel Cabeza de Vaca en el centenario del nacimiento del Sr. Dr. Dn. Alfredo Baquerizo Moreno, con ocasión de inaugurarse su estatua en la ciudad de Guayaquil. 1959.*

Conmemoramos hoy una grandiosa fecha centenaria, digna de figurar entre los fastos nacionales porque en ella vio la primera luz uno de los hombres más egregios que ha tenido la República, el Señor Doctor Don Alfredo Baquerizo Moreno. En el hay muchos grandes hombres a la vez, siendo una de las figuras más excelsas en la historia de la América Española. Para ello bastaría le el renombre de escritor castizo que las producciones de su genio le han 'conquistado en los diferentes géneros literarios, la lírica, la novela, la disertación filosófica.

Distingue se por su maestría en el manejo del idioma castellano, la profundidad de la observación psicológica, la noble sinceridad artística, ajena a todo artificio y convencionalismo.
Sus discursos constituyen el reflejo de su armonía interior; dejad que las multitudes se acerquen a mí, dijo en alguna ocasión, expresando de tan elocuente manera cómo, ¡tratándose de él, la palabra hablada era la total entrega de su espíritu: donación irrevocable de lo más íntimo de su ser el que, si dijéramos, dejaba de pertenecerle en ese mismo instante, convirtiéndose en ofrenda de noble idealidad a las personas que a él se le acercaban.

Política clara y diáfana la suya, política de aproximación a los hombres y de vitalización de las instituciones, de acuerdo con las doctrinas que formaron el norte de su vida, en toda oportunidad y circunstancia.

Después de haber desempeñado puestos de grande responsabilidad, como Ministro de Estado, Enviado Extraordinario del Ecuador en Washington, Presidente del Senado, Vicepresidente de la República, llegó por el voto de sus conciudadanos a la primera Magistratura, el año de 1916, donde llevó a cabo una política de patriotismo, de acrisolada honradez, probidad y tolerancia, manteniendo el imperio de la ley, dentro del respeto a todas las libertades. La hora era difícil y llena de quebrantos, porque llegaba al Gobierno a raíz de una de las más dolorosas crisis políticas que había atravesado nuestra patria, dentro de la hegemonía liberal. Lucha envenenada entre fracciones de un mismo partido, el que se dispersaba como un conjunto de sombras por los ámbitos de la República; lucha que agotaba nuestras energías, empobrecía al erario nacional, esterilizando las energías administrativas.

En el fragor de las contiendas civiles, su presencia significó el imperio de la ley; la sustitución de la violencia por las normas de la justicia. Al amparo de su nombre, se restableció la paz en la República: cobró vigencia un principio de cooperación entre los ciudadanos, sin vencedores ni vencidos. Nadie más autorizado intérprete que él, en esos momentos, de la realidad nacional, de los supremos anhelos de la patria. La concordia y el apaciguamiento era la primera condición para que se afiance el credo liberal en la República, a fin de obtener que sus dogmas de libertad política y religiosa; sus postulados de fraternidad social se encarnecen en los hechos, en el diario acontecer de los fenómenos políticos. Sin tolerancia las sociedades caminan a la disolución sin libertad, los ciudadanos deambulan como esclavos, atrofiadas las facultades que hacen del individuo agente del progreso y el artífice de su destino.

Una nueva crisis política advino a la República el año de 1931. Nos hallábamos frente a un Régimen que fenecía. Para mantener el orden jurídico el País clamaba por nuevos métodos y procedimientos; nuevas y elevadas direcciones políticas que vibrasen al unísono con las manifestaciones de la conciencia nacional, que reclamaba el imperio de la ley, la solidez republicana asentada sobre las bases del sufragio y que el imperio del derecho se entronice en la dirección del Estado. Bajo las anómalas y apremiantes circunstancias de la hora en gestación, una vez más el País volvió su mirada, como a su máximo refugio, al estadista integérrimo que durante su anterior período presidencial había demostrado en forma elocuente su culto y su devoción por la ley, para que en ejercicio de tan nobles calidades, presidiese la justa electoral. El momento era azaroso y difícil, por el entrecruce de ideas, sistemas y principios en pugna, que aspiraban, cada uno en su órbita, a predominio absoluto y exclusivo. Momentos difíciles porque entre los actores del drama, hallábase unos soliviantados por la pasión, y, los otros, enardecidos por el temor de que las conquistas ideológicas que se habían incorporado a nuestra civilización desde la transformación del 95, se derrumbaran ante el turbión de las asonadas del instante. El Magistrado sereno e imperturbable aceptó el encargo no sin medir las graves responsabilidades a el aparejadas y en su condición de Presidente del Congreso asumió la Presidencia de la República. Al cumplimiento de su deber consagró toda la rectitud de su temperamento: la lid electoral se verificó con sujeción a la ley, al respeto de los derechos de todos, dentro del concepto de que la única paz duradera para los pueblos es la que proviene del cumplimiento de las normas legales y de la aplicación de los dictados de la justicia. Es en este período presidencial del Señor Doctor Alfredo Baquerizo Moreno qué fui honrado por el eximio mandatario con el nombramiento de Ministro de Educación, elevadísimo cargo que acudí a desempeñarlo, no obstante la deficiencia de mis facultades, guiado por el deseo de corresponder al inmenso honor que me confería el estadista ilustre, ascendiéndome en la jerarquía de su estimación y aprecio. Cómo me fue dable apreciar, dentro de esta leal colaboración administrativa, las inmarcesibles cualidades del pensador y filósofo, del patriota inmaculado, del apóstol verdadero de la democracia. Cómo pude apreciar su inigualable competencia en todos los órdenes de la actividad política; pues tomaba los problemas a resolverse no sólo en su contenido esencial sino en sus íntimos detalles: lo mismo en las cuestiones de Gobierno que en las de orden militar: en los asuntos de previsión social como en los de educación pública, a cuyo mejoramiento consagró su vocación tradicional de profesor y de hombre de universal cultura, y en los de Relaciones Exteriores. Sus decisiones revelaban al verdadero hombre de Estado, es decir al que toma su misión de realizar el derecho en la sociedad a que presta sus servicios iluminado por el ideal, aplicando la hondura del concepto filosófico a las necesidades del presente, sin que el ideal destruya la realidad vivida ni a su vez la realidad, con sus esguinces y deformaciones, traicione al ideal. Porque el verdadero hombre de Estado es el artista de la política, vale decir, se erige en órgano y representante del pensamiento universal en la vida del derecho. Como mediante Rafael y Velázquez, Shakespeare y Calderón y todos los grandes hombres de las bellas artes, la belleza se realiza; así mediante un hombre de Estado de la categoría espiritual de Baquerizo Moreno, de su cultura filosófica, de la probidad nívea de sus procedimientos, el derecho se realiza en la sociedad a la cual consagra sus desvelos.

Era un estoico, por sus dictámenes morales, por su espíritu de sacrificio: el deber y nada más que el deber surgía como su lema cuando fue llamado a las altas posiciones de la Magistratura. Nada de retaliaciones ni venganzas. Su honor de Magistrado, nimbado por la fulgente pureza de sus actuaciones: su elevarse sobre toda suerte de prejuicios que pudieran ensombrecer la imparcialidad de su criterio: la noble sinceridad de sus procedimientos, vencidas con indomable energía las acechanzas que le salían al paso: su apasionamiento por la verdad fulgen como estrellas de primera magnitud en el cielo de nuestra historia, con luz propia, indeficiente, luz creadora y de redención. El crisol de los años elevó al más excelso extremo la inefable rectitud de sus opiniones las que, como un torrente de vida, recipítanse en el corazón de las multitudes, dejando constituido con su huella diáfana aquel símbolo de conducta que hace el distintivo de los forjadores de la nacionalidad.

<<Fuente de la foto http://www.fotografianacional.gob.ec/web/app.php/es/galeria/element/7959

Ya como Presidente titular, en el período de 1916 a 1920; ya como Presidente interino, en momentos de transición, la justicia hermanada con la tolerancia fue la fórmula que condensaba su política. La justicia a que debemos aspirar con decisión inquebrantable; la tolerancia, como condición estimuladora y reguladora de la vida colectiva, que da paso a toda iniciativa, amparo a todo derecho y respeto a toda libertad. El Ecuador, en plenitud de comprensión, en unidad de espíritu y de voluntad rinde justiciero reconocimiento a las virtudes del eminente Repúblico Señor Doctor Don Alfredo Baquerizo Moreno, le tributa el homenaje de admiración que le corresponde no sólo por la prestancia de su genio; no sólo por su obra de cultura en las distinta esferas de su múltiple actividad intelectual sino por lo que su vida significó para el progreso de la República.

Grandes son los hombres por las virtudes que atesoran; pero también se elevan sobre sí mismos los pueblos que, salvada toda forma de egoísmo, saben aquilatar las virtudes de sus hijos, inscribirlas en su memoria para ofrecerlas como ejemplo a las nuevas generaciones. Nuestra patria se engrandece en este instante al engrandecer con su veneración la memoria de uno de sus preclaros ciudadanos, quien por su obra administrativa y de reforma hace digna compañía a Vicente Rocafuerte; por su cultura filosófica y ese como ascetismo de su conducta entrelaza sus manos con la figura austera de Pedro Carbo; por su fe liberal, es digno exégeta y continuador de la obra realizada por Eloy Alfaro y Leónidas Plaza.

El bronce que perpetuará su presencia entre nosotros, no es un bronce inerte; diríamos que triunfa sobre la materia muerta: se ilumina con el fulgor del pensamiento que discurre en la intimidad del significado que representa. Cuando nos acerquemos reverentes hasta el lugar en que se levanta el bronce divulgador de su fama sentiremos la influencia de ese pensamiento recóndito, dialogaremos con él, bajo el sortilegio de que se reencarna en promesa de ventura para nuestra patria y recibiremos una aura de optimismo, trayéndonos a la cuenta los destinos cumplidos. De mi se decir que ese diálogo será evocación de su palabra radiante y seductora y a su conjuro sentiré que cerca de mi pasa un viento primaveral de renovación, como si la muerte hubiese sido destronada de su infausto poderío. Porque muerte y eternidad se contradicen y excluyen; ella se transforma en luz al tocar a los grandes hombres que vivieron para bien de sus semejantes. El bronce que se levanta ante nosotros será para los que lo miremos con las radiaciones de nuestro espíritu el compendio iluminado por una luz anterior de su obra realizada, la expresión de los sueños del vidente y del poeta, que también fue el poeta de la acción.

Decreto consagratorio Día del Maestro
DÍA DEL MAESTRO*

(13 de Abril)
Alfredo Baquerizo Moreno,
Presidente Constitucional de la República

Considerando:

Que es menester honrar al Preceptor ecuatoriano, factor importantísimo de la Cultura popular;

Que el día del nacimiento del Ilustre escritor don Juan Montalvo es el más adecuado para este fin

Decreta:

Art. 1.- El 13 de Abril de cada año, celébrese en toda la República la Fiesta del Maestro.
Art. 2.- Los Consejos Escolares reglamentarán esta Fiesta en la respectiva Provincia y votarán, además, las cantidades necesarias para el objeto.
Art. 3.- El Ministro de Instrucción Pública queda encargado de la ejecución del presente Decreto.

Dado en el Palacio Nacional, en Quito a 29 de mayo de 1920.
A. Baquerizo Moreno
El Ministro de Instrucción Pública M.E. Escudero
Es copia.- El Subsecretario de Instrucción Pública, José María Suárez M. Promulgado en el Registro Oficial N°- 1109 del 10 de junio de 1920.

* Tomado del Libro Perfiles Eternos del Prof. Germán Arteta Vargas

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