Elogio a Montalvo

Por el Dr. Manuel Cabeza de Vaca

DISCURSO PRONUNCIADO ENLA SESIÓN SOLEMNE CELEBRADA POR EL CONCEJO MUNICIPAL DE AMBATO EL 13 DE ABRIL DE 1932, POR CONMEMORARSE EL NACIMIENTO DE JUAN MONTALVO.

Señores:

El Gobierno de la República me ha conferido el honroso encargo —muy superior a mis fuerzas— de presentar su respetuosa y ferviente adhesión a este homenaje con que la gratitud nacional conmemora el nacimiento del egregio pensador don Juan Montalvo, legítimo orgullo de nuestra patria y timbre de gloria para Hispanoamérica.

La Patria formada por él, la que ha surgido del laboratorio de las generaciones a las que animó el ímpetu creador de su palabra y se ha nutrido de sus enseñanzas de libertad y sus anhelos de justicia, hállase presente en estos momento, en unidad de pensamiento, de aspiraciones y de tendencias: rodea su nombre glorioso cual lo hiciera con la antorcha inextinguible que la ha conducido al través de la historia a la conquista de sus destinos, comprendidos éstos como armonía de libertades, afirmación perenne del derecho de los pueblos a vivir la vida democrática, manteniendo incólume el sagrado depósito de sus atributos esenciales.

Crear una nacionalidad no vale solamente definir sus límites por medio de la espada, o mantener sorda, artificial disciplina entre sus componentes, dentro de fórmulas que secan la savia de su expontaneidad y agostan sus febriles iniciativas. La nacionalidad no es organismo inerte; antes bien, diríamos, que por ella discurre un aliento espiritual que funde las voluntades en un principio superior de cohesión, de afinidad incontrastable, cuando ideales comunes prenden en lo íntimo de aquella sustancia, más fácil de sentirla por su influencia, que de comentarla o definirla por conceptos. Ni las fronteras geográficas, ni la misma urdimbre de los intereses recíprocos, ni un pasado de glorias y sufrimientos comunes pueden explicar la permanencia de esa gran solidaridad en que los hombres viven constituidos en pueblos, solidaridad para la lucha y para el sacrificio, donde falte la lumbre vivificante de los ideales: son ellos los que hacen a un pueblo más fuerte que las contingencias del momento, más grande que las incertidumbres que les salen al paso, dificultándoles su marcha. Los ideales, como realización anticipada del porvenir, crean la fe en el futuro, y a favor de esta fe, asciende de lo íntimo del corazón colectivo el voto de indestructible unidad al que se plegan sumisas y reverentes las generaciones en acto de adhesión y de concordia.

Monumento a Montalvo Guayaquil

Fue Montalvo un encendedor de ideales, un animador de multitudes. Cuando dispara sus hirientes y certeras flechas contra los gobernantes que se apartan por la arbitrariedad y el crimen de la senda que les señala la soberanía augusta de la ley. lo hace impelido por el deseo de que las normas del derecho imperen en la vida de los Estados. Para su concepción de ciudadano, las asociaciones políticas se establecen no en provecho de los que mandan sino como el medio natural a cuyo favor se cumple la obra del progreso y se afianza la civilización. Se ensañó contra los prejuicios, disolviéndolos en el ácido de su ironía, destruyéndoles en la llama voraz de su crítica y sarcasmo irreductibles. Fustigó a los caudillos derribándolos de la cumbre de su orgullo y entonces su voz, toma los acentos de la justicia que se aferra a un concepto rectilíneo de responsabilidad, sin compromisos ni claudicaciones; hiere lo que hiere sin reservas, porque así se lo dicta su juicio, su lealtad para consigo mismo y para el cumplimiento de la noble misión que se ha impuesto de Jefe y de Profeta. Augur de la libertad, apóstol de santas y fecundas rebeldías, ha sido uno de los forjadores de nuestra democracia. En el proceso de auto análisis de cada uno de nosotros, y para ello acudo a la sinceridad de vuestro sentido íntimo, a poco que escarbemos encontraremos algo de la simiente que esparció tan augusto progenitor. Al examinar lo que somos, no podemos prescindir de lo que hemos sido, y al contemplar este tránsito de modernidad en que hoy se espacian nuestras actividades; al vernos hoy a la altura de los tiempos, en su doble dimensión de reivindicación legítima y de desasosiego que confina en la tragedia, no podemos menos de convenir en que la obra intelectual del maestro de maestros ha sido la corriente que empujó nuestra nave hacia un nuevo continente.

Para comprenderla y medir el .alcance de sus resultados es indispensable trasladarse a la época en que hace su aparición; penetrar el medio social de entonces, impregnándonos del acervo de ideas que constituían su ambiente. Con Lastarria, Bilbao, Vigil, Sarmiento, pertenece Montalvo a esa pléyade de defensores del liberalismo Americano, que florece bajo la influencia romántica de la Revolución Francesa. Lastarria y Bilbao combaten el autoritarismo chileno; Montalvo y Vigil el clericalismo en el Ecuador y el Perú; Sarmiento la tiranía de Rosas. Frente a García Moreno, que ambiciona restaurar el concepto político de Maistre, fundando un Estado de teocrática arquitectura y quién para dar seguro arrimo a tamaña empresa, no vacila en concentrar en sus manos la suma de poderes que se traducen en el ejercicio de una dictadura real; que a juzgar por sus ideas y prácticas de estadista pudo inscribir como lema de su gobierno la frase de Felipe II: "prefiero no reinar a reinar sobre herejes"; se yergue la figura prócera de Montalvo, con su fe lamartiniana en. la democracia, en la libertad, en el progreso indefinido; en la armonía universal: su apasionamiento por las instituciones de Grecia y de Roma; su escepticismo filosófico bebido en las fuentes del siglo XVIII. Uno y otro son idealistas a su manera. García Moreno, un idealista que cree en la posibilidad de establecer organizaciones perfectas, de un cuasi automático predeterminado funcionamiento, quiso utilizar la política como elemento defensivo de la religión, apoyándose a su vez en ésta, mejor diremos en la jerarquía eclesiástica, para imponer su sistema de gobierno. Si no llegó a compenetrarse con" su pueblo, llegó a dominarlo encerrándolo dentro de estatutos de férrea disciplina. Dotado de extraordinario espíritu de empresa, lleva en sus adentros un arquetipo que a su juicio constituye la más ordenada distribución de las fuerzas políticas, y a la encamación de ese concepto quiere ajustar la realidad social que tiene entre sus manos, actuando sobre ella con ilimitada soberanía. Montalvo siempre digno de admiración, por su grandeza y presencia de ánimo en los trance más difíciles, se enfrenta contra tan absorbente teoría y contra el hombre que la sustenta: refleja la turbulencia de la hora, la inquietud de las multitudes que no han encontrado su equilibrio en la evolución política. Fijos sus ojos en la antigüedad clásica, la Roma de los Camilos y de los Escipiones, alzábase ante él, majestuosa, como el arquetipo de la virtud y de la austeridad republicanas, suscitando en su alma noble emoción patriótica, que la mueve a proponerla como ejemplo para la edad contemporánea, y dentro de ésta, para la patria de que formaba parte, patria trabajada por antítesis primarias de penosa gestación; y ello lo hace talvez sin establecer las debidas equivalencias entre los distintos momentos de la historia; sin hacer hincapié entre lo que va de la imagen legada por la antigüedad, en sus perfiles sobresalientes y óptimos, en el dorado reverberar de sus cimas, y lo que en la realidad pudo haber sido una sociedad dominada también a su manera por la superstición y en qué una gran parte de sus componentes hallábanse privados de participación en los negocios públicos. Tal vez en esto su idealismo generoso desligábale de la realidad, quizás jugaba en su imaginación, nutrida de humanismo, la luz del renacimiento en su noble tendencia de buscar auras de frescura y de lozano remozamiento para la humanidad, bañándola en el agua lustral de donde salieron en esplendente floración los dioses del Olimpo: ingenua visión de los destinos humanos que no reparaba en que los siglos de dolor que habían transcurrido desde entonces, hacían imposible toda regresión al pasado, el que siguió su rumbo fatal hacia el abismo del tiempo, aún cuando el milagro de la frase primorosa y polícroma, el refinado cincelamiento de los períodos, la belleza de la composición literaria detuviesen su imagen y su recuerdo, poniéndolos a flote, como un sueño, ante la contemplación admirativa de las almas.

Elevada, digna, serenamente filosófica es la democracia columbrada por Montalvo. No preconiza la hiperdemocracia con la cual lejos de intensificarla, extendiendo sus aplicaciones, se la destruiría en sus bases esenciales: antes bien, leyendo atentamente su tratado sobre la Nobleza, se ve que por todo él discurre un principio de selección, depositario del porvenir de las sociedades. Qué engañados nos encontraríamos si pensáramos que su fervor igualitario hubiera podido llevarle a arrodillarse ante la sublevación moral de los grandes números, ingrediente arrollador que, desorbitado de su esfera, conduciría a dislocar el concepto propio de la organización social. Sin organización no hay libertad; porque ésta existe solo cuando cada uno de nosotros es centinela de su derecho y colaborador en el cumplimiento de los deberes ajenos. La organización no puede florecer donde han hecho su ausencia la disciplina, la justeza del carácter, la sinceridad en las opiniones, augusta trilogía, faltando cuyo concurso, las agrupaciones no sobreviven al impulso que las forma.

Cauteloso en lo que piensa y discurre no obstante su aptitud de luchador infatigable, de atleta del pensamiento y aniquilador de prejuicios, hállase en ejercicio de estas cualidades, a buen recaudo en aquello de describir con sus opiniones una parábola de regresión, cual ocurre no pocas veces con quienes se dejan seducir por el espejismo de sistemas que, bajo la apariencia de avanzada triunfal en la historia del pensamiento humano, revelan inconclusa regresión cuando se columbra el término de la trayectoria; y si dicho retorno se verifica en el campo de la experimentación social, derívanse de allí formas pretéritas de convivencia, inocente y sugestivo ensayo en cuanto el cielo de sus aspiraciones no se halle enrojecido por el delito. El sabía de la solidaridad humana y de sus inalienables fueros; pero de una solidaridad más amplia que la solidaridad de la selva primitiva y del desierto. El sabía que las grandes cuestiones que agitan nuestro siglo no pueden resolverse sino por medio de concesiones y de sacrificios y de una grandiosa amnistía a todas las ideas. Complementando, desenvolviendo su pensamiento podemos afirmar que el mundo no ha encontrado su equilibrio, pero que asistidos de un impulso de fraternal cooperación, es necesario abordar los problemas sociales con sinceridad; elevar a las clases abatidas, sin inspirarles celo ni encono; disminuir el sufrimiento, suprimir en cuanto sea posible la miseria inmerecida. Apóstol de nuestro liberalismo autóctono, confidente y receptor de las dolencias nacionales, penetrado estaba de que nuestra doctrina, por lo vasta y por lo humana, distiende sus alas hacia la inmensidad cognoscible, escrutando sus enigmas; y de que mantiene un criterio para el estudio de todos los problemas, si bien no presume de ofrecer soluciones definitivas, inapelablemente concretas, y ello cabalmente porque la doctrina a más de la conciencia de sus limitaciones, lo que es garantía de veracidad, tiene en cuenta la variable condición de los , acontecimientos, por lo cual es pueril, cuando no insincero, pensar en que se puede dominarlos valiéndose de recetarios garantizados por alquimistas irreflexivos. La formación intelectual del escritor, el fondo de su filosofía lo debe a la Europa culta y liberal: no hay sistema que le sea extraño, ni doctrina sobre la que no haya llegado a formarse un cabal y ajustado criterio: baluarte del laicismo, en. su recta y genuina significación, es desde este punto de vista y no obstante su temperamento batallador y su perdurable actitud de combate y desafío, uno de los apóstoles de la tolerancia, un precursor del pensamiento libre ya en el orden filosófico, ya en la jurisdicción de las religiones, cuya legitimidad reconoce, circunscritas al campo que les corresponde.

Por las vicisitudes de la hora y la actitud del mundo, no nos damos cabal cuenta de lo que significó en el ciclo montalvino hablar de lo que habló y en tono que lo hizo. Y puesto que las aspiraciones democráticas, por indiscutibles, nadie las combate, la generación que encuentra formado tan valioso patrimonio de convicciones a su disposición, que dentro de lo relativo ha mejorado su condición natural con la mejora de las clases sociales, se vuelva inquieta, exigente, en la medida de las adquisiciones en que ha sido parte. Pese a todos los pesimismos y a todas las acusaciones, el nivel del hombre medio se ha elevado, y no olvidemos que el plano del hombre medio es el plano de la historia: "la historia como la agricultura, ha dicho un escritor, se nutre de los valles no de las cimas, de la aptitud media social no de las eminencias".

Si por la austeridad y firmeza de su carácter, si por la disciplina a que sometió su inteligencia, en labor infatigable de cultura, no obstante las condiciones desfavorables del medio para el enriquecimiento intelectual fuera de los cánones sagrados, qué ejemplo más excelso que el de Montalvo para proponerlo a las nuevas generaciones. En aparente paradoja puede decirse que en casos como éste la muerte no ¡ aniquila, sino que crea; no destruye sino que engendra. Un soplo de eternidad nos llega desde su tumba, que no es tumba, sino enhiesta cima ungida con el óleo de grandeza por el veredicto de la historia, y en su vibración luminosa nos trae oleadas de optimismo, voces confortantes de preclara admonición, que desde las cumbres de la inmortalidad bendicen la obra realizada.

En esta fecha centenaria de un día que permanecerá siempre inscrito entre los días fastos de la Patria, justísimo al alborozo de la ciudad que meció la cuna de tan egregio varón, venero inagotable de ideas, artista sublime de la forma: pasmosa y acabada síntesis, en que dan feliz remate la excelsitud del pensamiento y los primores del estilo. Gloria a la ciudad que envolvió su infancia con la suave luz de sus paisajes, dejando copiado en sus pupilas el ensueño virgiliano de sus huertos; y gloria a la ciudad que encendió en su pecho el numen relampagueante de las divinas reivindicaciones.

Fuente de la Foto: http://www.pge.gob.ec/index.php/procuraduria/galeria-de-procuradores

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