ORACIÓN FÚNEBRE

PRONUNCIADA EN LAS EXEQUIAS DE LOS QUE MURIERON EN EL CUARTEL EL 2 DE AGOSTO DE 1810 *

MIGUEL ANTONIO RODRÍGUEZ, Autor de la oración fúnebre fue sacerdote nacido en Quito (1777-1823),

amigo íntimo de José Mejía. Intervino en el grito de la independencia del 10 de Agosto de 1809, y escribió el proyecto de Constitución que debía servir para el nuevo Gobierno. Fracasado el intento, pasó algunos años de destierro en Filipinas. Al regresar a la Patria, murió en Guayaquil.

Vos filiae Sion intermorientis expendentisque manus Suas: vae mihi, quia defecit anima mea propter interfectos.
Este es el clamor de la desconsolada y casi moribunda Jerusalén: |Ay de mi! el espíritu desfallece al acordarme de mis hijos que murieron. Palabras del Espíritu Santo en el Cáp. IV, v. 31 de la profecía de Jeremías.

Señores:
No podemos contemplar la melancólica pintura que hace Jeremías de la triste situación de Judea, de la devastación de sus pueblos, del exterminio de sus habitantes, de su opresión y de las acerbas angustias de Jerusalén, sin llenamos de admiración al ver en ella a un mismo tiempo el vaticinio de las desgracias de Palestina, y la historia circunstanciada de las calamidades que hoy padece la patria, de las catástrofes que hemos presenciado, de los dolores que sentimos, de las penas que lloramos. Y sin embargo, ¿no veis cuánta es la correspondencia entre los espantosos rasgos de aquel cuadro profético y la realidad de nuestros padecimientos? No hay otra diferencia sino que el pueblo prevaricador y endurecido ya no existe como nación, y nosotros vivimos en la aflicción, nuestro dolor es continuo, está fresca la sangre que nuestras heridas vierten y estamos amenazados cada día con el mismo azote.

No es, pues, la antigua corte de Melquisedec la que mira burlado su reposo y alterada con la invasión de naciones extranjeras la paz y tranquilidad de sus habitantes; no es la hermosa hija de Sión, desfigurada y macilenta, desgreñados afrentosamente sus cabellos, anegados sus ojos en lágrimas, sus manos levantadas al cielo y su corazón palpitante entre las angustias de la muerte, la que llora sus infortunios y sus desgracias. No, hermanos míos. Quito, vuestra amada patria, es la que desfallece de dolor en este día al recordar la pérdida de sus hijos y la que levanta su voz para buscar quien la consuele. Voz penetrante que resonará hasta los confines de la tierra y llenará de asombro al mundo al contemplar tanta iniquidad. Voz lastimera que penetrará de dolor las almas sensibles, y que algún día llenará de amargura los corazones que ahora se niegan a ser humanos y compasivos. Voz, en fin, de piedad y de religión, que dirige al cielo sus clamores por la libertad y el alivio de sus más queridos hijos, y cuyo eco lúgubre me veo precisado a reproducir en este lugar santo.

Pero quiteños, ¿será posible que la desgracia haya de perseguir a los infelices aun más allá del sepulcro, y que haya de ser yo (con esto he dicho todo) no el que pronuncie sino el que desfigure su elogio fúnebre, y el que oscurezca en vez de ilustrar su memoria? ¿Será por ventura porque lo grande del asunto, lo complicado de las circunstancias, lo original del suceso hayan sido capaces de acobardar la elocuencia animosa de tantos oradores distinguidos que ilustran nuestro clero y honran a nuestra patria? Bien pudiera ser; puesto que ni la oratoria tiene figuras tan nobles, ni la historia suministra ejemplares tan asombrosos, ni en la poesía se encuentran rasgos tan brillantes como se necesitan para un completo desempeño. ¿Será acaso porque la oratoria sagrada se desdeñe de coronar con sus aplausos a los héroes que la Iglesia no ha canonizado todavía o porque la religión no ensalce las virtudes que se encuentren en el pecador? Tampoco, hermanos míos, Dios es el autor de todo el bien que se halla en sus obras. Los pecadores son hechuras de sus manos, y el pecado solo no les coloca fuera de la esfera infinita de su misericordia y de su amor. Dios detesta la obra del pecador, es verdad; pero ama y aprecia en él sus propios dones, y el espíritu de Dios anima siempre a su Esposa santa, cuyos labios sagrados, órganos de la verdad eterna, saben separar oportunamente lo vil de lo precioso. ¿Y qué? ¿Estos difuntos serían tan delincuentes que dejasen por eso de ser hombres, hermanos nuestros, hijos de un mismo Padre, redimidos con la misma sangre y unidos por los dulces vínculos de la religión, de la caridad y la fe? ¿No harían ellos en su vida cosa que mereciese nuestra alabanza? ¡ah Dios mío! Tú lo sabes que si ellos fueron pecadores, sujetos al error y a la ilusión, como todos, también supieron consagrar las acciones más brillantes de su vida en beneficio de sus semejantes y no dudaron sellar con su muerte el amor que profesaban a la patria.
No confundamos, pues, las debilidades del hombre con las hazañas del héroe. Dejemos a Dios a quien sólo pertenece el juicio de nuestras faltas personales, y hagamos materia de la edificación pública los últimos días de nuestros hermanos y los gloriosos instantes de su muerte. Consideremos el relevante mérito que contrajeron, para interesamos por el alivio de sus almas, y el honor incomparable que les resulta de su muerte, como un glorioso motivo de nuestro consuelo. Sí, su mérito y su fama formen el elogio que la verdad y la justicia consagran a la dulce y eterna memoria de los ilustres defensores de Quito sacrificados a la violencia por la causa de su religión, de su rey y de su patria: elogio tanto más recomendable cuanto el mismo magistrado, que notó en vida de ellos la falta de previsión en sus medidas, es quien celebra el heroísmo de sus acciones, hoy que ellos han muerto y de quienes nada tiene que temer ni que esperar.

 

 

10

Si yo hablase al pueblo romano en los días de su prosperidad y de su gloria, y le recomendase el mérito de sus Curios, Camilos y Fabios, él habría hecho justicia, porque sabía conocer el valor de las virtudes que practicaba. En aquellos tiempos todos los romanos anhelaban servir a la patria y consagraban a su grandeza y prosperidad las tareas de su ingenio y el fruto de sus trabajos. Entonces la salud de los ciudadanos, la seguridad del Estado, la gloria y el poder de la República ocupaban el pensamiento, el espíritu y el corazón de todos; entonces unidos con los lazos del interés común, sólo, reputaban felices a los que hacían más grandes sacrificios por sus hermanos. Mas pasáronse aquellos días afortunados, según la condición indispensable de las cosas humanas, y la fuerza ocupó el lugar de la razón; el pueblo romano perdió su libertad, se degradó, y siguiendo la conducta de los hombres que se avergüenzan, cuando adultos, de las inocentes ocupaciones de la infancia, empezó a desconocer las virtudes que en otro tiempo eran la materia de su emulación y a sonrojarse de practicarlas. Entonces fue menester que la elocuencia emplease todos los esfuerzos del raciocinio y se valiese de sus encantadores artificios para persuadir al hombre desnaturalizado que no es delito ser virtuoso.

Al fin, Roma pudo olvidar lo que había sido. Pero Quito tiene que aprender ahora, sobre el modelo de los hombres insignes cuya pérdida lloramos, lo que debe ser en adelante. Sí, Quito, abismada en el caos de la desgracia en que ha estado sepultada la América, ha ignorado el lenguaje del interés por la felicidad común, porque aún no ha rayado en su horizonte el crepúsculo de la esperanza. Colocada por la omnipotente, mano del Criador en el punto más elevado del suelo americano, edificada en un terreno por todas partes fecundo, favorecida por un clima benigno y de un temperamento proporcionado a la multiplicación de los seres, parecía, y con razón, que, destinada por Dios a ser el domicilio de la dicha y la paz, brindaría a sus habitantes las dulzuras del Edén; que sus riquezas primitivas, aumentándose progresivamente, le harían rica y opulenta; que la magnificencia de sus antiguos edificios, monumentos del ingenio y del buen gusto de sus autores, resplandecería cada vez más con las decoraciones de las artes; que el talento de sus hijos, original en su agudeza, sublime en sus ideas, capaz de todo y nacido para todo, ilustrado con las ciencias y ayudado de una educación noble, religiosa y metódica, podría, a su tiempo, honrar la patria, sostener el trono, santificar a sus hermanos, brillar en el templo y ensalzar la dignidad del Santuario.

¡Pero desgraciada Quito! tú comenzaste por donde debías haber acabado, y tu situación decadente por un movimiento retrógrado no es la que han tenido otros pueblos. A ellos les ha bastado pocos años para llegar a ser potencias respetables, ¡y a tí la duración de casi tres siglos sólo ha servido para que cada día se disminuyan tus riquezas, se debiliten tus fuerzas y se oscurezca tu grandeza! ¿Cuáles han sido los frutos de tu opulencia primitiva? Sí, privada del comercio y de la industria, no has podido adelantar en tus riquezas ni conservar el capital con que te estableciste: ¿qué te ha aprovechado el estar rodeada por todas partes de inmensos terrenos? ¿De qué ha servido la aptitud de tus naturales para todo, si todo les ha sido prohibido, si las virtudes y los vicios se han pesado en una misma balanza y los servicios más distinguidos apenas se hallan escritos como los de Mardoqueo en los anales de Azuero, con la nota de no haber sido recompensados?

¿Qué importa que de tiempo en tiempo algunos de tus hijos como astros luminosos hayan brillado en tu hemisferio, que las Uriartes y Herreras, que los Maldonados y Jijones, a costa de inmensas sumas y de indecibles trabajos, hubiesen querido fecundar el árbol de tu felicidad, si muros de bronce se han interpuesto a sus desig­nios y sus benéficas influencias no han podido descender hasta nosotros? ¿Qué importa, en fin, que nuestros reyes hayan empleado sus cuidados y su paternal amor en velar sobre la prosperidad de estos países, si cuanto más distante estábamos del centro del poder, tanto más vejados, oprimidos y despreciados éramos? ¡Oh santos cielos! Quito ha padecido en tres siglos lo que no puede decirse ni explicarse en un día, y todo lo ha recibido con la más alegre serenidad, con la más pronta obediencia, o digámoslo mejor, con la insensibilidad más afrentosa, y todo esto era preciso para no agravar sus males, para no multiplicar sus cadenas, sin poder contar como los judíos las glorias y los consuelos del reinado de Salomón. Sólo hemos visto reproducirse a los malvados consejeros de Roboam que, en lugar de las reprensiones con que un padre amoroso corrige a sus hijos, han suministrado en todo tiempo escorpiones de acero para despedazarlos y destruirlos.

Y si esta ha sido la suerte desgraciada de Quito bajo el imperio suave, paternal y justiciero de los Reyes católicos, si toda su vigilancia no ha podido estorbar nuestros males ni su compasión enjugar nuestras heridas, ¿qué debería esperar esta infeliz ciudad y su provincia de la crisis más procelosa que han visto los siglos? Eclipsada la autoridad, oscurecido el poder y ausente el luminar mayor que vivificaba — aunque desde una distancia inmensa — estos remotos países, cautivo y desterrado el justo, el deseado, el inocente Fernando, por cuyo amor y por cuyo respeto únicamente ha hecho Quito y ha hecho la América toda tan increíbles y repetidos sacrificios, ¿qué deberá esperar? Un enemigo feroz y cada día más arrogante y más soberbio en sus conquistas amenaza el mundo, y el avasallamiento del universo es la base de la paz general que premedita y decanta. La América se halla sin Rey y sin gobierno, con toda la monarquía, según lo reconoce España y lo confesó desde el principio la Junta Superior de Sevilla. España se pone en movimiento, se arma, se defiende, y la América duerme tranquila al borde de un precipicio. ¿Pero, qué digo duerme? Por el contrario, todos velan. Los buenos, porque conocen el peligro, gimen en el secreto de sus corazones, tiemblan y se estremecen; pero inútilmente. Los malos se alegran porque creen que es llegado el día en que, bajo la protección del ateísta corso, la iniquidad triunfe de la inocencia, el libertinaje se propague sin temor y la irreligión establezca su trono sobre las ruinas de la moral y del dogma. Y entre tanto, ¿quién cuida de la seguridad de la patria? ¿Quién la defiende o quién piensa por lo menos defenderla?

¡Ah!, el mérito de esta empresa sólo estaba reservado a la resolución heroica de unos espíritus verdaderamente sublimes: sólo ellos pueden apreciar debidamente los dul­ces vínculos de la sociedad que ligan al hombre con sus semejantes; sólo ellos pueden formar una idea justa de la dependencia y fidelidad al Monarca y ser sensibles a ella; sólo ellos, en fin, pueden respetar la divinidad del culto que Dios mismo ha manifestado serle agradable y tributar el homenaje debido al augusto y sacrosanto de nuestra religión cristiana. Sí, hermanos míos. Los héroes de la libertad americana (vosotros sabéis bien por quiénes hablo, y no expresaré sus nombres inmortales, porque el dolor de pronunciarlos no extinga en mí el poco aliento que respiro) vuestros ilustres compatriotas, digo, saben que es una obligación indispensable del vasallo defender la causa de su Rey, asegurar las tierras de su dominación y tomar todas las medidas que conduzcan a estorbar oportunamente cualquier invasión enemiga; saben que el bien y la felicidad de sus conciudadanos es un derecho preferente; que no puede peligrar la patria, ni pasar a manos extranjeras sin que un demonio usurpador, junto con la variación de las leyes, introduzca tam­bién la innovación y la ruina del culto religioso; saben, por último, que la naturaleza misma les impone esta obligación, que la constitución del Reino la autoriza y que la confirma el Evangelio enseñándonos que es un deber sagrado dar al César lo que le corresponde, no menos que tributar a Dios el culto que se le debe.

Y de aquí es que, inflamados sus corazones con el celo de la ley y el amor de la patria, meditan una resolución tan justa como necesaria con la que no pretenden trastornar el Gobierno, sino establecerlo; no desconocer la autoridad, sino legitimarla, ni menos sustraerse de la obediencia debida a Fernando VII, sino perpetuarla. Así se decían recíprocamente los últimos restauradores de la gloria de Israel: Nuestra patria peligra, el estrago amenaza y entre las ruinas de nuestra libertad han de quedar también sepultados nuestros altares. Alentemos el abatimiento de nuestro pueblo: Erigamus deiectionem populi nostri. Preparémonos a la defensa de nuestros hermanos y de nuestros hijos, pugnemus pro populo nostro, y si es menester, derramemos también nuestra sangre para que no sean profanados nuestros templos, pugnemus pro populo nostro et santis nostris. ¡Ah!, vosotras suposiciones arbitrarias, imputaciones odiosas, interpretaciones malignas inventadas para manchar el honor de los quiteños y la sinceridad de sus intenciones, vosotras, digo, desapareceréis, en el día claro de los juicios del Señor!

Mas entre tanto, hermanos míos, es preciso confesar que nuestros compatriotas se engañaron, y se engañaron lastimosamente. Ellos creyeron que no tenían más enemigos que los de su Dios y de su nación, que la causa de todos era una misma y que el detestable Bonaparte era el único contra quien todos deberían levantar el grito y prepararse a la defensa. No advirtieron que los generales de Antíoco estaban apostados por todas partes para oprimir al pueblo que quería conservar su libertad y sus derechos, ni pensaron que, como en otro tiempo, era necesario combatir contra tantos pueblos incircuncisos y derribar primero los muros de la encaprichada Jericó para entrar en la posesión pacífica de la tierra que Dios había prometido a nuestros padres; quiero decir, no consideraron que era menester pelear contra la injusticia y la ambición, contra el interés particular y el egoísmo, contra el hábito de servidumbre y la preocupación; que era menester, en una palabra, pelear contra aquellos mismos a quienes deseaban felicitar. No nos admiremos, pues, de que sus proyectos se desconcierten y de que sean tantos los enemigos que por todas partes se levantan contra los hijos de Quito.

Pero, ¡almas nobles y generosas! conocisteis que dentro de la ciudad se preparaba el plan de vuestra ruina y os mantuvisteis firmes. Supisteis que las provincias confinantes, artificiosamente conmovidas, se revolvían para desplomarse sobre vuestras cabezas y no desfalleció vuestra constancia. Sólo el bien de vuestra patria, los gemidos de vuestros hermanos podían variar vuestras resoluciones y dar otro destino a vuestras medidas. Mirasteis a todos consternados con el peso de los males que ellos mismos se han acarreado por la discordia, y vosotros, grandes e incomparables por lo que habéis hecho, vais a aparecer aun más grandes por vuestro sacrificio. ¿Qué meditáis, pues, genios sublimes? ¡Mirad que peligra vuestra vida si entregáis las armas, que vuestro honor está comprometido y vuestra deferencia a los clamores de la patria ha de ser confundida con la cobardía y el despecho! No importa, respondéis: desde los primeros pasos de nuestra empresa, la vida fue el menor de los sacrificios que ofrecimos por la felicidad de este pueblo mal aconsejado. ¡Felices nosotros si podemos ahogar con nuestra sangre a los monstruos del error, de la preocupación y de la envidia!; ¡dichosos seremos si sobre nuestras ruinas se levantare el magnífico templo de la salud pública! Sí, señores, estos fueron sus sentimientos y, si no lo hubiesen sido, vosotros sabéis que las tropas auxiliares de Lima nunca hubieran pisado nuestro suelo, y ya comprenderéis lo que hubiera sido de ellas en el mismo lugar de su último campamento. Pero no: el espíritu de nuestros héroes fue superior a todo sentimiento de bajeza y no temían el oprobio de los hombres ni sus blasfemias.

Se oye en Jerusalén el rumor pavoroso de que una guarnición feroz viene de tierras lejanas y que ya empieza a sentirse en la ciudad el ronco bramido de su voz: ecce auditum est in Jerusalén custodes venire de terra longinqua et daré super civitatem Juda vocem suam. Los moradores huyen despavoridos al acercarse una tropa devastadora y sospechosa. A voce equitis et nittentis sagitam jugit omnis civitas; unos se ocultan en lo más arduo y enmarañado de los bosques, ingressi sunt ardua. Otros buscan asilo en lo más escarpado de las rocas, et ascenderunt rupes; pero los que más debían temer se mantienen tranquilos y miran con semblante sereno las amenazas y el aspecto horroroso de la muerte. Así nuestros ilustres compatriotas, dijeron, como los religiosos de Israel, muramos con el seguro testimonio de nuestra conciencia y que no se manche la sinceridad de nuestros procedimientos, moriamur omnes in simplicitate nostra. Los cielos y la tierra serán testigos de nuestra inocencia, de la injusticia de nuestros perseguidores.

¿Qué más puede esperar la patria del amor de sus hijos? ¿Serán dignos de la estimación de Quito estos sacrificios? ¿No habrán hecho todavía lo bastante para merecer alguna gratitud de sus conciudadanos? ¡Ah! por ellos y por su felicidad emprendieron sus trabajos; por ellos y por su consuelo volvieron sobre sus pasos; por ellos y para su beneficio consagraron los mejores días de su vida, y por ellos y para su tranquilidad aceptaron gustosos la muerte. ¿La muerte? ¿Pues qué? ¿Deberán morir los que sólo han querido conservar la vida, la libertad y los bienes de sus conciudadanos? ¿Hay autoridad sobre la tierra para quitar la vida a los hombres cuando no hay ley que los condene? ¡Ay!, el proceso de su juicio comenzó por la sentencia y era preciso que el éxito de la causa correspondiese a sus principios. Ellos han sido publicados a voz de pregón, como reos de estado. ¡Oh santas leyes!, ¿dónde estáis? ¡Oh religión sagrada del juramento! ¡Oh sacrosantos derechos de la inocencia! ¡Yo os invoco en favor de estos desgraciados y de tantos como van a ser envueltos sin causa en el furioso torbellino de la proscripción y el anatema! ¡Pero yo os invoco inútilmente! La fama, el honor, la mejor vida del hombre han perecido al primer golpe, no resta ya sino que su cuerpo sea despedazado. ¡Oh, día 2 de Agosto! (si es que mereces ser nombrado), ¡día de confusión y de espanto! ¡Día más horroroso que el día 2 de Mayo de Madrid y muy semejante al sangriento 2 de Setiembre de la Francia. ¡Día infausto!, ¡una noche eterna te borre del número de los días y de la memoria de los hombres! Tu nombre no se señale jamás con piedra blanca en los pacíficos anales de esta ciudad desgraciada, y perezca para siempre aquel momento de horror en que un medroso silencio y la sangre vertida por todas partes dieron a entender que había habido una hecatombe horrenda, que habían perecido todos.

Si, almas sensibles, capaces de entender el lenguaje de la humanidad y de la razón, apartemos los ojos de esos lugares sangrientos y que un velo negro e impenetrable oculte a nuestra vista aquellas lóbregas mansiones del dolor y de la angustia, para no ver más el oprobio de vuestros ancianos, la ruina y las desgracias de tantos jóvenes ilustres y al sacrílego atentado contra sacerdotes inermes. Que la memoria de ese lastimoso espectáculo sirva para recordar lo que vuestros ilustres compatriotas hicieron por vosotros y lo que ellos padecieron por su patria; que sirva sólo para excitar en vuestros corazones un eterno reconocimiento a sus servicios y justificar el interés que tomáis en aliviarlos en sus penas, a proporción de lo que debéis a su memoria; que vuestras oraciones y sufragios se multipliquen como ellos multiplicaron por vuestra libertad sus padecimientos y trabajos, y que. por último, si el mérito que contrajeron con sus acciones es y debe ser el motivo de vuestra gratitud, el honor y la gloria que les resulten de su muerte sean los fundamentos de vuestro consuelo.

20

¡Gran Dios! ¿quién soy yo y quién es el hombre para poder entrar en el abismo de vuestros consejos eternos y sondear la profundidad de vuestros juicios inescrutables? ¿Quién puede saber cuál es el destino que se prepara a los mortales en el término de su peregrinación ni quién puede decidir sobre su suerte hasta que vuestra misma justicia no manifieste, delante del cielo y de la tierra, a los que están sentados a vuestra diestra y los que han de quedar por toda la eternidad debajo del escabel augusto de vuestros pies? Venid, consejeros de Dios, que, colocados junto a su trono como los 34 ancianos del Apocalipsis, penetráis su divina inteligencia y sois testigos de los juicios del Señor; venid y decidme: si los que corrompieron sus caminos en los días de Noé, no creyeron sus amenazas y esperaron tranquilos el término de la paciencia del Señor, perecieron eternamente sumergidos en las aguas del diluvio. Decidme, ¿para qué visitó Jesucristo Nuestro Señor a estos muertos antes de su resurrección, según el testimonio de San Pedro, y les anunció la nueva feliz de su libertad y salvación?. . . ¡Ah!, para confundir la temeridad de muchos y que todos conociesen que aquellos a quienes el juicio errado de una prudencia camal reputaba muertos, vivían, y vivían felices delante de Dios según el espíritu: Propter hoc enim et mortuis evangelizatum est: ut judicentur quidem secundum Deum in spiritu, continúa el apóstol. Muchísimos otros pecadores semejantes a estos antediluvianos y tal vez peores que ellos, al sentir el golpe fatal de la muerte, buscan a Dios, dice el real Profeta, y Dios los recibe y ellos se convierten. Dios los castiga con una muerte desgraciada para salvarlos a una vida eterna, según la doctrina de San Jerónimo.

¡Ah!, si los pecadores que mueren manteniendo consigo las señales del pecado, como los soldados del Macabeo en la batalla de Odolán, no merecieran la compasión de los vivos ni sus sufragios, erraría el ínclito Judas juzgando que sus difuntos, libres del reato de su culpa, por medio de sus sufragios, podían resucitar gloriosos. Bene et religioso de resurrectione cogitans. Si no hubiera más que infierno y gloria para los cristianos que mueren, la Iglesia católica nos engañaría enseñándonos el dogma del purgatorio. Y entonces Lutero y Calvino habrían acertado. Pero estos infelices y sus secuaces tienen sobre sí la amenaza que intimó Dios por el profeta Joel, y todos deben temer que el juicio que forman de los muertos recaiga sobre ellos: Reddam, viscissitudinem vobis super caput vestrum: y que con la misma vara con que miden sean medidos.

A mí me basta, pues, y a todos los católicos bastará siempre para formar un juicio piadoso de que son los felices los que han muerte en el seno de la Iglesia romana y en la comunión de los santos, el que esta piadosa madre, no negándoles sus socorros espirituales, los considera en el purgatorio y, por consiguiente, amigos de Dios. Y con más razón, cuando las circunstancias de su muerte, aumentando los motivos de nuestro consuelo, hacen envidiable la dicha de su fallecimiento.

Cuando noto, pues, que se acercan los instantes de morir a un cristiano, aunque haya sido el más desbaratado y criminal, pero que ha tenido un dilatado tiempo de prueba, juguete de tristes desengaños, sujeto a angustias y penas dolorosas y a humillantes vejaciones, y cuando tengo además el consuelo de ver que de todo oportunamente se aprovecha, que su corazón desprendido de los atractivos de un mundo seductor detesta sus ilusiones, que poseído de una santa indiferencia sobre los bienes y males transitorios, no desea sino ver cumplida la voluntad de Dios y que, como el arrepentido Ezequias, aguarda las disposiciones del Señor para bendecirlas; entonces, ¡oh Dios mío!, mi alma adora los secretos de tu Providencia amorosa, glorifica tus misericordias y celebra con cánticos de alabanzas los esfuerzos de tu brazo omnipotente y de tu gracia, que, triunfando del pecado, ha conseguido salvar al pecador. . . Pues tal es, quiteños, la envidiable suerte de casi todos los que gloriosamente mu­rieron por la causa de Quito el 2 de Agosto, y tal la eco­nomía con que la misericordia del Señor quiso asegurar la predestinación de tantos hijos suyos.

Si yo me engaño, hablad vosotros hombres caritativos, amigos fieles que no los desconocisteis en sus trabajos, confidentes de sus secretos y testigos de sus más desengañadas resoluciones. Hablad vosotros sombríos y funestos calabozos, testigos de su contrición, de sus clamores a Dios y de sus lágrimas; hablad duros y pesados grillos; hablad cadenas opresoras, instrumentos de su dolor y de su pena y testigos de su paciencia y conformidad. Pero más bien, hablad santos del cielo, depositarios de sus oraciones y de sus súplicas, y Vos, Reina de los santos, dulcísima María, dignaos hablar también, pues en tu protección y patrocinio tenían asegurada no tanto su libertad, cuanto la esperanza cierta de hacer feliz una muerte que por momentos esperaban, y entonces no nos quedará motivos de dudar que sus almas, si no logran la dicha de descansar en la Patria celestial, son verdaderamente felices y su muerte gloriosa.

¡Providencia adorable de mi Dios! La muerte de los demás que no tuvieron tiempo de purificarse como los presos y que repentinamente fueron asaltados de su guadaña en las calles y en las plazas, fue la muerte de otros tantos inocentes que murieron sin saber por qué, y esto sólo me consuela. Tú eres el amparo de los que padecen violencia, Tú la permitisteis y no es posible que haya sido para su perdición eterna: todos estos murieron en ese día por la patria, hermanos míos, y en odio en pila fueron sacrificados todos; ved aquí el fundamento de su gloria, ved aquí el motivo de nuestro consuelo.

Si, quiteños, amar a la patria es virtud; servirla, obligación, y defenderla a costa de la vida y de la sangre, heroísmo de la caridad cristiana, de la caridad que perfecciona a las demás virtudes y que constituye la suma de la moral de Jesucristo y la caracteriza, de esta virtud que no sólo es agradable a Dios cuando la ejercita el cristiano, sino que la recompensa aun cuando la encuentre entre los gentiles. Si: el amor de la patria, en sentir del angélico doctor Santo Tomás, fue el origen de las bendiciones del cielo a la República romana y el motivo de aquella prosperidad que siempre ha envidiado el resto de la tierra y nunca ha podido igualarla. Pero, ¿qué es morir por la patria? Estirpe gloriosa del celoso Matatías, invictos campeones de Israel, vosotros que sabéis no hay honor más grande, gloria más completa, satisfacción más pura que la de morir por el celo de la ley. por el testa­mento de vuestros padres, por la salud y prosperidad de vuestros hermanos, decidnos, pues, ¿qué es morir por la patria? Morir por la patria es morir por saber estimar la felicidad ajena como propia y despreciar la felicidad propia como inútil, y es morir por hacer a la vida de sus hermanos el sacrificio más recomendable de benevolencia y de justicia. Morir por la patria es morir por defender los derechos del soberano que la gobierna y a quien pertenece, es morir por Dios, cuyo culto santo la felicita y la distingue, y es morir porque vivan todos sujetos a un mismo rey y adoren a un mismo Dios. Es imitar la conducta de Dios en su Providencia amorosa, es seguir los pasos de Jesucristo en su sagrado Evangelio, es, en una palabra, ser el hombre superior a si mismo y al resto de los demás hombres

Defensores gloriosos del estado y de los derechos sagrados del monarca y su corona: ¡qué acreedores sois al honor que tributan los siglos a vuestra memoria! Los que con vuestros descubrimientos y vuestras hazañas habéis sostenido su imperio y extendido su dominación aun más allá de los mares, cuan dignos son vuestros servicios de que la nación no los olvide. Colones, Corteses y Pizarros, España nunca olvidará, y con justicia, los nombres de los que le supieron proporcionar tantas riquezas. Mártires de la religión, dignos sois sin duda de la veneración con que miran los pueblos vuestras adorables cenizas. La cristiandad bendecirá hasta la consumación de los siglos, el espíritu de fortaleza con que supisteis sostener la gloria de Dios y de vuestros padres y sellar la confesión de su fe con vuestra propia sangre. Héroes todos de la naturaleza y de la gracia, vosotros no os desdeñaréis de colocar a vuestro lado a los inmortales quiteños que lograron reunir en un solo punto todos estos objetos y merecer con su sacrificio triplicada corona. Sí, ellos juraron no reconocer otro Rey ni otro Señor que a Femando VII más dueño de sus corazones que de España y de las Indias, ellos juraron mantener intacta la religión católica, apostólica, romana que habían profesado sus padres y de quienes la habían recibido como la más preciosa herencia. Ellos, en fin, juraron hacer todo bien posible a la Nación y a la patria. No se desmintieron jamás, el odio y la calumnia no han podido oscurecer esta verdad, porque permanecieron constantes en esta confesión, este fue su delito, murieron por esta causa.

Murieron, pues, por tí, ¡oh amable Fernando!, tú sabrás apreciar su fidelidad y adhesión a tu causa y vindicar su nombre de las injurias de tus mismos enemigos. Murieron por tí, ¡oh religión santa!, tú sabrás emplear todos los recursos de tu caridad y los tesoros que el Redentor ha depositado en su Iglesia para el socorro y alivio de sus almas. Murieron por tí, nación española, murieron por seguir tus pasos, por imitar tus ejemplos, por auxiliar tus empresas y por mirar como enemigo propio al que lo era de tu libertad e independencia; tus hijos son estos difuntos hermanos de tus bravos capitanes, de tus héroes. Tiempo es ya. . . ¿pero de qué? ¿De que tus pirámides y tus obeliscos se honren con los trofeos de los ilustres quiteños? No, los monumentos de la vanidad y del poder son detestables; ellos están sujetos al imperio y a la viscisitud de los tiempos, y el mérito de los héroes que lloramos es superior a todo lo que no es más que tierra. Murieron en fin, amada patria mía, por aliviar tus penas, suavisar tu opresión y procurar tu felicidad; tiempo es ya de que sólo trabajes en consolarte sobre estas verdades, que rompas los negros lutos y las señales lúgubres de tu viudedad y que arrojes de tu cuello las pesadas cadenas del dolor y la angustia que te ocasionó su muerte: consolamini in vicem in verbis istis. Ella no es digna de llorarse en adelante pues que es la de los defensores invictos del Rey, de la religión y de la patria: consolamini consolamini in vicem in verbis istis.

Y vosotros todos los que habitáis esta compasiva ciudad, los que sois sus hijos y los que no lo sois, tiempo es ya de que abráis los ojos para hacer justicia a la verdad y acreditar que sois hombres, que pueda más sobre vuestro corazón una funesta experiencia que la preocupación, que una terquedad delincuente no os quiera hacer instrumentos de otras escenas sangrientas, por tener la bárbara complacencia de ver desierta la ciudad, desamparadas las habitaciones, fugitivos sus moradores, vuestros propios hermanos despedazados y dominantes, hasta en los últimos ángulos del terror, la angustia, el pillaje, la desolación y la muerte. ¿Queréis tener una vida pacifica y disfrutar de días buenos? Oíd el consejo del Espíritu Santo y practicadlo: Sujetad vuestra lengua, dejad de perturbar a las gentes y de seducir a los ignorantes, dejad de hablar mal de vuestros hermanos y de poner acechanzas a vuestros bienhechores. Prohíbe linguam tuanz a malo et labia tua ne loquantur dolum. Propended a conservar la paz por medio de la unión y todo estará compuesto. Inquire pacem et persequere eam. Los que no queréis vivir como racionales, sabed que nadie os precisa a tomar partido por la verdad ni alistaros bajo los estandartes de la justicia. Sois libres y podéis tomar vuestro camino a la diestra o a la siniestra, pero sin perjudicar a nadie como Abrahán; retiraos, si queréis, de esta pecadora ciudad, como el inocente Loth, pero sin incendiarla ni inflamar a sus habitantes, pues disfrutar las ventajas y las comodidades de la sociedad y no desempeñar las obligaciones que ella impone, es una monstruosidad detestable.

Vosotros también, venerables padres y hermanos míos, ministros de la paz y de la reconciliación, abrid vuestros compasivos ojos, acercaos a ese sepulcro sobre el cual habéis ofrecido al Dios vivo la hostia sacrosanta de nuestra redención, levantad la lápida que cubre esas sangrientas y desgarradoras victimas y mirad, mirad bien. Esa es obra de las pasiones, ese es el fruto de la discordia. Acordaos que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, que no se complace en la perdición de los hombres, es el mismo que adoramos nosotros y a quien predicáis, que la dependencia y fidelidad al Monarca, no es un ído­lo profano a quien se debe honrar con sacrificios de carne humana; que toda potestad viene de Dios, no para la des­trucción, sino para la edificación y felicidad de los mis­mos sobre quienes se ha concedido. Acordaos, en fin. que vuestro ministerio es el de curar las heridas como el samaritano, y no el de exasperarlas, el de unir y conso­lidar lo roto, no el de romper y despedazar lo que ha unido pacificamente debería ser la mayor gloria de vues­tro sacerdocio y el consuelo de vuestro apostolado.

Y vosotros, mártires de la patria, descansad ya en el lugar tranquilo del reposo que piadosamente creemos os ha tocado en suerte, superiores a las injurias del tiempo, a los arbitrios del odio y a los tiros de la maledicencia. Nosotros no olvidaremos jamás vuestros servicios, y vuestro nombre será siempre respetable hasta las generaciones futuras. La posteridad, más justificada tal vez y mejor instruida que la edad presente, recomendará vuestro mérito a los que nacieren, y vuestra muerte será el objeto de la emulación de todas las almas nobles que aspiren a cubrirse de gloria. Entre tanto, nosotros regaremos con nuestras lágrimas vuestro sepulcro, dejando grabado so­bre él, para nuestro consuelo, el elogio que tributó la santa Escritura al inmortal Eleazar: dedil se ut liberaret populum suum ut acquireret sibi nomen aeternum. Ellos se entregaron a la muerte por defender y libertar la patria, y han adquirido un nombre eterno. Asi lo deseamos.

0. S. C. S. R. E.

Notas

1 Tomado de biblioteca ecuatoriana clásica tomo XI, Pág 377-394

CONSTITUCIÓN DEL ECUADOR 2008

NOSOTRAS Y NOSOTROS, el pueblo soberano del Ecuador, RECONOCIENDO nuestras raíces milenarias....

DECLARACIÓN UNIVERSAL

Adaptada y proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 217 A (III), de 10 de diciembre de 1948... .

presidentes del ecuador

La República del Ecuador, es la organización política actual de la nación. El gobierno electo se constituye en la depositaria ...