Si en realidad hubo gigantes en América

Si en realidad hubo gigantes en América y cuál pudo ser la época de ellos.*

Historia del Reino de Quito: Historia Natural.
Por el Padre Juan de Velasco.

1 Los gigantes americanos han sido no pocas veces materia de risa para los incrédulos principalmente filósofos. No han podido negar la real existencia de sus cadáveres; pero a pesar de la evidencia han querido bautizarlos con los grandiosos nombres de hipopótamos, de elefantes y de manmoutes. No obstante, yo me atrevo a asegurar que los hubo, sin el mínimo recelo de la más crítica censura. La común y constante tradición de los Indianos de toda la costa occidental de América, comprobada y confirmada con los físicos ineluctables argumentos que hay, hacen una humana fe indubitable y cierta. De manera, que si se duda si hubo en la América gigantes, debe igualmente dudarse si hubo otros hombres de regular estatura.

2 Que al tiempo de la conquista se hubiesen hallado por varias partes las mismas tradiciones, lo aseguran casi todos los historiadores antiguos; que permanezcan hasta ahora esas mismas tradiciones, lo aseguro yo, por lo tocante al Reino de Quito, donde se conoce que hubo mayor número que en otras partes. Son aquellas tradiciones tan circunstanciadas y uniformes, que hacen un compendio completo del arribo a esas costas, del modo de vivir y de vestirse, de sus alimentos, de sus usos y costumbres, de sus obras y fábricas y finalmente de su vida y de su muerte, según largamente refieren Niza, Chieca de León, Bravo Saravia, Montenegro, Acosta y diversos otros.

3 Los físicos argumentos, que verifican y confirman esas tradiciones, son de dos especies. La 1a. es, haberse hallado en diversas partes, desde la conquista hasta estos últimos tiempos los cadáveres de ellos, no con separada osamenta y cráneos sueltos, que pudiesen causar duda y atribuirse a otros animales, sino los esqueletos enteros, sin faltarles cosa alguna, no ya sepultados naturalmente bajo la tierra, como se hallan los huesos de las bestias, sino en sepulcros hechos muy a propósito para ese fin; no ya dos o tres individuos, que puedan atribuirse a casual esfuerzo de la naturaleza en la misma raza común, sino tantos en número que correspondan a las tradiciones de que formaban una nación y tenían su especie de reinado; no finalmente de estatura como quiera irregular o notablemente mayor que la común, según son los Patagones en la misma América, sino tan desmedida que parecen todavía mayores que todos aquellos de que hace mención la Escritura Sagrada.

4 Chieca de León asegura, que según todas las tradiciones que él mismo examinó y halló concordes apenas llegaban los otros Indianos a la rodilla de ésos.1 (a) Acosta, por la medida hecha en los mismos esqueletos, dice, que precisamente habían de ser aquellos gigantes más que tres tantos mayores que los Indianos de ahora; y esto es lo que puntualmente corresponde a todas las tradiciones,2 (b) Las estatuas de piedra hechas por ellos, (representando sus personas o las de sus mayores, lo cual no se sabe) las cuales dice Gomara que halló el conquistador Francisco Pizarro en Puerto Viejo,3 (a) tenían la medida de algo más de ocho varas, que es la que corresponde a todos los esqueletos hallados en los sepulcros de la Provincia de Guayaquil. Los esqueletos, que el mismo Gomara refiere que se hallaron diez años después en la cercanía de Trujillo, correspondían al mismo tamaño, siendo cada diente tres dedos gruesos, y cuatro de largo. Los otros esqueletos hallados en sepulcros huecos hechos de piedra en la misma Provincia en posteriores tiempos y muchos más hacia la Punta de Sta. Elena, jamás han faltado de la misma medida, esto es, de 8 palmos las canillas, y la correspondencia de 8 varas en todo el cuerpo. Sobre todo, voy a referir aquello de que yo soy ocular testigo.

5 Se fabricaba una casa nueva el año de 1735 en la capital de la Provincia de Riobamba, no muy distante de la bajada que hace al río, en un sitio espacioso, que desde la fundación se había mantenido sólo cerrado con paredes. Hallándose la nueva fábrica, por todo el lado de la calle, en la altura de diez a doce palmos, dieron los albañiles, haciendo sus fosas en la parte de atrás en un grandísimo sepulcro de muy remota antigüedad. Tardó toda la gente algunos días en ir sacando la osamenta, que se reputó de más de cuatro mil cuerpos de los gentiles Indianos, que debieron de morir en alguna guerra de las que mantenía siempre la nación de los Purhuayes, con las de las costas del mar. Entre aquellos esqueletos, se descubrió uno todo entero, cuyas canillas tenían las dos varas cumplidas, y cuyo cuerpo todo fue reputado en más de 32 palmos o más de 8 varas.

6 Todos los cráneos que estaban enteros, los fueron colocando los fabricadores sobre las nuevas paredes, en distintas hileras, poniendo en la mitad la gran calavera del gigante, cuyas cavidades de los ojos tenían un palmo de diámetro y los dientes gruesos como tres dedos. Fueron testigos de este espectáculo todos los habitantes de Riobamba, esto es, más de 18 mil personas, por algunos días. Se observó que los Indianos andaban por allí de noche y en cuadrillas, aun venidas de fuera con la noticia, llorando la memoria de sus antepasados; y fue por eso toda la osamenta quemada de orden del Corregidor. No es de creer, digo yo ahora a los señores filósofos, que aquellos cuatro mil Indianos, que fueron a hacer guerra a los Purhuayes, llevasen por Capitán un manmout o algún monstruo marino bípedo, como era este gigante, ni tampoco el que tantos millares de personas de todas clases se engañasen en conocer lo que son los esqueletos de los cuerpos humanos.

7 La 2a. especie de argumento físico, son las mismas obras de los gigantes. Las casas que comenzaron a fabricar de piedra cerca de Manta, correspondían en la altura de las paredes y puertas a la de sus cuerpos: las habitaciones, que antes de pasar allá tuvieron en la Punta de Sta. Elena, eran sólo hechas de prestado, parte de tierra y parte de cuevas cavadas en peña viva. todas en la correspondiente altura a sus disformes cuerpos, cuyos vestigios se conservan y muestran todavía. Las estatuas perfectísimas que allí labraron de la misma piedra, al formar las cuevas, fueron halladas dentro de ellas por Pizarro, como queda dicho, las cuales tenían 8 varas de altura, unas desnudas, otras con vestidura talar y otras con mitras e insignias sacerdotales. Los grandes pozos, que allí mismo hicieron, por no haber hallado agua dulce, fueron sus primeras obras, y sólo dignas de ellos. El P. Acosta hace memoria de uno solo, y ése, como no lo vio, lo describe mal, diciendo que era hecho de piedras y de gran valor. No eran sino varios y hechos todos de una sola piedra en una sola peña viva toda de una pieza. Esta la cavaron hasta una inmensa profundidad, donde hallaron riquísima agua, y adornaron las bocas con brocales sobresalientes perfectamente labrados, los cuales los describe mejor Chieca, y permanecen hasta el día presente con el nombre de los pozos de los gigantes.

8 Si se pasa del Reino de Quito al del Cuzco, se hallan allí monumentos mucho más soberbios, los cuales siendo de una misma perfección, proporciones y arte, muestran a la primera vista ser hechos de unas mismas manos. Los referiré según generalmente los describen los escritores que los vieron con sus ojos, especialmente Chieca de León, el cual, los examinó con atención prolija,4 (a) y el Inca Garcilaso algunos años después,5 (b) "En Tiaguanaco, dicen, se ve primero la pequeña montaña fabricada a mano, toda de piedra, sobre grandísimos fundamentos con diversos planos o graderías. Más allá se ven dos estatuas gigantescas de piedra, de figuras humanas, labradas con suma perfección, como de grandes maestros en escultura, con vestiduras largas y ornamentos sobre las cabezas. Cerca de ellas está un edificio altísimo de una sola pared, con fuertes y grandes fundamentos. Toda ella es de piedras bien labradas y muchas de esas de magnitud tan enorme que no se puede concebir cómo hayan bastado fuerzas humanas para conducirlas allá, no habiendo cantera alguna en toda la comarca".

9 "Las figuras de esas piedras de la pared son diversas; porque unas representan figuras de hombres y de mujeres, unas grandísimas, y otras de regular estatura. Junto a esta fábrica hay muchas bóvedas y cavidades o sótanos bajo la tierra. En otro lugar más al Poniente hay mayores, y más estupendas antigüedades. Entre ellas se ve una obra, con muchas grandísimas y elevadísimas puertas, con varios cóncavos, umbrales y pórticos o portales cubiertos, siendo toda esta gran máquina de una sola piedra. Lo más admirable es que de esos portales salen por encima a la parte de afuera y al aire como postizas, otras piedras mucho mayores, de las cuales unas tienen 30 pies de largo, 15 de ancho y 6 de frente, y todo esto juntamente con la fachada y sus quicios y umbrales, es de una piedra sola. Se conoce que no estaban acabadas estas obras, porque a corta distancia estaban ya cortadas y preparadas otras muchas piedras para seguir los edificios. Algo más allá está un retrete adoratorio o templo, y en él colocado un ídolo colosal también de piedra, con talar vestidura, mitra en la cabeza e insignias sacerdotales. Hay otras cosas, etc." y hasta aquí dichos autores.

10 Referidos los grandes y estupendos monumentos, que se hallaron en varias partes al tiempo de la conquista, y que en gran parte subsisten como inmortales, a pesar de las injurias del tiempo, quiero concluir la Historia de los gigantes con algunas obvias reflexiones, 1a el gran número de esqueletos hallados y la inmensa mole de las dichas obras muestran claramente que no fueron pocos en número, como presumen algunos, sino tantos que formasen una considerable nación o raza entera de aquella espantosa magnitud; 2a. que las medidas y proporciones de esas obras, especialmente de las puertas, muestran con evidencia no haber sido hechas con las comunes fuerzas humanas sino sólo con las de aquellos vivientes colosos, para cuyo uso y servicio eran únicamente proporcionadas;

11 3a. que todas las obras de Tiaguanaco, todas las de Manta y de la Punta de Sta. Elena, como también todas las de las islas de Pascua o de Davis, muestran, sin la menor duda, ser hechas de una misma individua nación o más bien de unas mismas manos. Las estatuas especialmente lo convencen; porque en todas esas partes son de una misma materia, de una misma grandeza y medida, de una misma perfección de escultura y de un mismo gusto en todo. De donde puede concluirse sin temor de engaño que fueron unos mismos los artífices y autores. Asimismo se puede asegurar que de esa isla, siendo mucho mayor en otros tiempos o continente sumergido, que es lo más verosímil, pasaron a las partes de América y dejaron en ellas tantos idénticos monumentos; 4a. que los hombres de aquella raza poseyeron con suma perfección las artes de arquitectura y escultura, como lo muestran las mismas obras; y por eso dicen todos, como Chieca en el lugar citado, que no pudieron ser sino de mano de grandes maestros. Con qué herramientas o instrumentos hubiesen trabajado, ¿quién es capaz de adivinarlo? No hay tradición alguna sobre este particular; mas yo presumo, que éstos fueron los de la invención del cobre templado como el acero, y que de ellos aprendieron este secreto los Indianos del país;

12 5a. que la religión de éstos no tenia arbitrario o disparatado objeto de idolatría, sino el determinado de alguno o algunos personajes sagrados. Este es el más misterioso problema que yo encuentro en su historia. Sus estatuas en todas partes muestran claramente la diversidad de objetos, unos puramente profanos, que representaban sus personas o las de sus antepasados, y otros sagrados en que adoraban, los cuales tenían siempre varias insignias sacerdotales y mitras en la cabeza, de modo que los primeros conquistadores las creyeron estatuas de obispos o papas con la vestidura talar y el báculo a la mano. Estas estaban siempre separadas de las otras profanas, y en su adoratorio o templo, como en Tiaguanaco se describió. Ninguno hasta aquí ha podido calcular qué objetos representasen, y sólo se confunden todos en este punto. Bien pudieran ser algunos de la antigua Ley, como Melquisedec o Aarón; pero parece más probable que sean de la Ley de Gracia. No juzgo temerario el presumir que representasen alguno o algunos de los Apóstoles, fundado en dos conjeturas. La primera es que la época de los gigantes, (como luego diré) aunque fuese anterior en las islas o continente del Sur, no fue en América, sino a los principios de la Era Cristiana. La segunda es, que en diversas partes de América tenían y conservaban todavía la tradición de haber estado en ella dos de los Apóstoles que son Sto. Tomás y San Bartolomé, de que también daré alguna noticia. De aquí pudiera conjeturarse haber sido tal vez ellos los objetos de esas estatuas y adoraciones, puesto que parecen concordar el tiempo y demás circunstancias para presumirlo;

13 6a. que la pirámide o montaña artificial de piedra, con diversos planos, cuyo fin o cuyo uso dice Garcilaso Inca no haber podido entender, pudiera imaginarse el panteón o sepulcro de algún gran personaje, que entre ellos hubiese sido el Señor o principal cabeza. Si se desbaratase aquel monumento, podría ser que diese alguna luz para salir de tantas confusiones del antiguo caos; 7a. que, cuando éstos pasaron a la América, navegando por la parte del Poniente en grandes balsas de juncos, no llevaron consigo, (según convienen todas las tradiciones) mujer ninguna de su estatura y raza. Esto confirma la conjetura de Acosta, sobre que no hicieron de propósito la navegación, con designio de establecerse, sino que fueron arrojados a las costas americanas por la furia de las corrientes y vientos. Es natural, que haya sucedido así al pasar ellos de unas a otras islas, o más bien cuando la de Davis se iba sumergiendo y perdiendo con la catástrofe arriba dicha. Pudieron entonces haberse botado ellos solos en sus balsas, y ser después arrebatados de los vientos;

14 8a. que ese casual arribo sin mujeres propias, ni otras providencias concuerda perfectamente con todas las tradiciones sobre el modo de vida que entablaron: sobre la poca duración que tuvieron sin propagarse y acabándose todos en una sola vida; sobre sus edificios en ninguna parte concluidos, y sobre el modo con que murieron varios en una sola ocasión hacia la Punta de Sta. Elena. Llegaron, dice Chieca (después de mil veces informado de los Indianos, y de haberlos hallado concordes en todas partes) en grandes embarcaciones de juncos, sin llevar mujer ninguna de su raza, unos vestidos de pieles y otros desnudos. No tenían barbas, sino sólo el cabello muy poblado y largo que les cubría las espaldas; eran todos sus miembros proporcionados a la estatura, los ojos eran grandes como pequeños platos; los mayores Indianos del país apenas llegaban a la rodilla de ellos. No hallando agua en la Punta de Sta. Elena, cavaron aquellos grandes pozos en piedra viva, hasta hallarla riquísima. No bastándoles el alimento que quitaban a los Indianos de la comarca, pescaban en el mar con redes, y comía uno solo más que cincuenta de los otros.

15 Viendo los del país, (prosigue) que mataban descuartizando a sus mujeres, por usar de ellas, no teniendo las propias y viendo que a ellos también los mataban por cualquier cosa, indignados hicieron grandes juntas y armamentos con las naciones circunvecinas, y nunca tuvieron valor de asaltarlos. Pasados algunos años, no pudiendo tener otro desfogo de la naturaleza, se entregaron al vicio nefando mutuamente, en público y sin rubor alguno. Finalmentee, estando una vez muchos de ellos en ese enorme pecado, bajó fuego del cielo, en medio del cual se vio un ángel con reluciente espada, y quitándoles la vida. los consumió el fuego, etc.6 (a) La misma relación de la muerte de éstos, y por la misma causa, refiere el P. Acosta, si bien no expresa la circunstancia del ángel,7 (b)

16 Época de los gigantes que pasaron a América

La época de estos abortos de la naturaleza en las islas o continentes del Sur es del todo ignorada. La de su arribo a las costas de América, aunque obscura e incierta, puede a lo menos conjeturarse, combinando con el discurso las escasas luces que pueden suministrar las tradiciones. Aquellos que se hallan poco instruidos en su Historia los hacen de remotísima antigüedad, y juzgan que, en la raza común de los primeros pobladores, se levantaron algunos individuos a la gigantesca estatura, por particular esfuerzo de la naturaleza, ayudada del clima. Opinión a la verdad improbable por la cual no puede alegarse fundamento alguno. Otros, al contrario, los hacen tan modernos que los juzgan coetáneos, con poca diferencia, a los Incas del Perú. Se fundan éstos, lo primero, en conservarse muy frescas e individuales sus tradiciones, lo que no podría ser si fuesen muy antiguas. Lo segundo, en haberse encontrado casi todos sus cadáveres sólidos y consistentes mostrando ser de un reciente tiempo. Y lo tercero, en que los objetos de su adoración indican igualmente ser de la Era Cristiana moderna.

17 Yo no me acomodo al modo de discurrir de los unos, ni de los otros. No hallo razón para juzgarlos tan antiguos, ni tan modernos, y la hallo más bien para presumirlos del tiempo medio, esto es, de los principios de la Era Cristiana, con cuya época parecen concordar mejor las más prudentes conjeturas. No haré sino indicarlas, para que cada cual forme el dictamen que quisiere. Las razones alegadas para juzgarlos muy modernos pueden servir más bien para hacerlos del tiempo medio. El conservarse fresca e individual su memoria es natural, aun dado que fuesen mucho más antiguos, porque, hallándose de tiempos en tiempos sus cadáveres, estos mismos ayudan a refrescar sus historias. El hallarse sus huesos sólidos prueba solamente el aire puro y seco de algunas partes altas. En otras donde los aires no son tan puros, como en la jurisdicción de Trujillo, se han encontrado renegridos y poco firmes. El que algunas estatuas tuviesen las sacerdotales insignias de la Era Cristiana, se compone muy bien con los principios de la misma Era y esto es en lo que parecen concordar las tradiciones.

18 Cuando Chieca de León examinó los monumentos de Tiaguanaco, preguntó a los que allí vivían si tenían noticia de que aquéllas fuesen obras de los Incas. Se rieron los Indianos de su pregunta, y le aseguraron que eran anteriores a ellos con bastantes siglos, y que los Incas habían intentado poner allí su residencia, por lograr de aquellas fábricas; pero que mudando de parecer, tomaron solamente la idea y norma, para las cosas que después hicieron en el Cuzco,8 (a) Por esas obras no concluidas hace juicio el mismo escritor que los artífices de ellas morirían todos oprimidos de la multitud de naciones bárbaras, de que estaba ya llena la América en aquel tiempo. Acosta dice también, que tuvieron que hacer guerra, por establecerse en Manta y la Punta de Santa Elena. De donde se infiere que los gigantes fueron muy posteriores a todas esas naciones americanas, y que por eso mismo no puede exceder su antigüedad los principios de la Era Cristiana. No es fácil adivinar cuál fuese el objeto de sus adoraciones con aquellas insignias sacerdotales; mas, computando el tiempo, se puede presumir el que fuese alguno ó algunos de los santos Apóstoles.

19 Tradiciones de los santos Apóstoles

De dos de ellos (dije ya) tenían tradiciones los Indianos, como coetáneas a las de los gigantes. No sólo en la América Septentrional como refieren sus historiadores, sino también en el Perú, hallaron los Conquistadores la tradición y memoria de Santo Tomás Apóstol, y es cosa que no carece de gran misterio el que sin comunicarse regiones tan distantes tuviesen esas mismas tradiciones. En el Reino de Quito se conserva todavía un estupendo monumento en la llanura de Callo, de la Provincia de Latacunga. Consiste en un gran pedrón, poco apartado del camino real, donde dicen hasta hoy los Indianos, que subía el santo Apóstol a predicarles, y que la última vez dejó para eterna memoria, estampada la huella de su pie derecho, quitándose la oshota, esto es, la sandalia. Acostumbraron desde entonces venerar esa piedra, adornándola diariamente con flores, como lo hacen hasta ahora. La he visto yo con ellas, y he examinado con atención y admiración aquella huella, que basta verla para conocer que no es cosa artificial, sino hecha naturalmente como en cera

20 El otro es San Bartholomé Apóstol, de quien asimismo conservan hasta hoy las tradiciones los Indianos del Marañen. El célebre estrecho, o Pongo de Manseriche. está lleno de las memorias de este Santo. Es aquella parte de la Cordillera, por donde rompe ese gran rio, estrechando el inmenso mar de sus aguas a 50 varas de anchura, por espacio de dos leguas. Parece que partió, para tomar por allí su curso, una sola montaña, toda de una piedra viva, entre cuyos profundos paredones paralelos, gimen con espantoso rumor y espumosos vórtices las aguas. Se ven desde abajo los dos altísimos picachos o eminencias del escarpado monte partido, a las cuales no hay pie humano capaz de subir, por más que se valga de artificios. No obstante, se ve sobre la cumbre, que está a la parte del Poniente, un bellísimo árbol de naranjas, que aseguran los Indianos haberlo sembrado el Santo Apóstol. Sus frutos jamás pueden cogerse, sino cuando caen por sí mismos a la parte del río. Más arriba del estrecho se ven a las riberas varias piedras grandes de color blanquizco unas cuadradas, que llaman Las Petacas, y otras cóncavas que llaman los Platos de San Bartholomé.

21 Estas memorias que conservaron por tantos siglos antes de haber visto a los Europeos, les dieron a ellos no poco que pensar. No podían despreciarlas como fabulosas, porque no podía caber engaño en ellas; pero tampoco podían reputarlas verdaderas, por oponerse gravísimas dificultades, que siempre han obligado a suspender el juicio. Con todo, yo no hallo mucho tropiezo, sino más bien tres razones de congruencia, que las hacen muy probables. La primera es el divino precepto que recibieron los Apostóles para distribuirse por todo el universo mundo y predicar el Evangelio a todas las criaturas. No habiendo razón para exceptuar del literal sentido de esas palabras a la América, porción la más dilatada del mundo, parece que debe ser comprendida en ellas. La segunda saberse con certeza que esos dos Apóstoles, de quienes son las referidas tradiciones, estuvieron ambos en la India Oriental, cuya comunicación con la América por el Norte (no se duda ya) y antiguamente por el Sur, es muy probable; y con ésta se allana la mayor dificultad.

22 La tercera, que sólo en esta hipótesis pueden entenderse y descifrarse varios misterios que se hallaron en el Perú. Por ejemplo: pueden haber aprendido de algún apóstol el uso de las sandalias, la cabellera de nazareos, la vestidura talar y algunas palabras hebreas. La adoración del Dios invisible Pachacámac, criador de todas las cosas, que fue muy anterior a los Incas, como aseguran los historiadores, puede provenir de la instrucción de algún apóstol. La confesión sacramental, que Acosta y todos los escritores antiguos aseguran haberse hallado y atribuyen a la enseñanza de los Incas, por las leyes fundadas en religión, es más natural que provenga de aquel principio. De aquí es, que los gigantes podían haber conocido y venerado a esos mismos apóstoles en su primer establecimiento del Sur o en la América, donde pasaron, y que para perpetuar la memoria de ellos, hubiesen fabricado las misteriosas estatuas, con insignias sacerdotales. Todos estos misterios nunca se han podido descifrar se pueden entender en esta hipótesis, que no es inverosímil ni ajena de probabilidad y todo esto concurre en un tiempo, que parece el más conforme para fijar la época de los gigantes.

Notas
1 Crónica del Perú. C. 52
2 Historia Natural C. 19
3 Historia General. C. 194
4 Crónica del Perú C. 106
5 Comentarios Reales. Lib 3 C. I
6 Crónica del Perú C. 52.
7 Historia Natural. C. 19
8 Crónica del Perú. C. 106.

 

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