Día del Abogado.

20 Febrero -En esta fecha nació el sabio jurisconsulto Luís Felipe Borja (1845)

Palabra Clave: derecho,    fruición
Extracto: Los Abogados del Ecuador están llamados a constituirse en un gremio especial porque sus miembros están dotados intelectualmente y que el progreso que alcancen satisfagan los niveles de Justicia, que anhela el pueblo y que ellos buscan obtener con su libre ejercicio profesional; al hablar del Abogado recogemos a los personajes que han hecho Honorable su profesión.

1950.- " La Fundación del Colegio de Abogados de Guayaquil"1

Dr. Leonidas Ortega Moreira. Primer Presidente del Colegio de Abogados de Guayaquil.
Por Dr, Armando Cruz Bahamonde

Bien puedo decir, asistido por la verdad, que aquellos eran otros tiempos, ni mejores ni peores que los actuales, pero, eso sí, completamente distintos, cuando, en la primera mitad del decenio de los cuarenta, conocí al Dr. Leonidas Ortega Moreira, por entonces joven profesor universitario de la Facultad de Jurisprudencia, en la que yo intentaba mis primeros pasos en la senda noble y subyugante del Derecho.

Guayaquil había abandonado ya, por entonces, las características que inspiraron los versos de su más egregio poeta, Olmedo, que cantó a la aldehuela que, un siglo antes, era este pequeño puerto del Pacífico, cuyas orillas, al decir del gran vate, lento lamía el caudaloso Guayas, y habíase transformado en la capital montubia a la que se refirió Pepe de la Cuadra, la ciudad que yo vivía en mi ya lejana juventud universitaria.

Eran aquellos tiempos en los que veíanse a los guayaquileños y guayaquileñas caminar calmadamente por los amplios y bien aireados "portales", protegidos del sol tropical y ardiente por las "toldas" que los comercios aún colgaban frente a sus tiendas.

No existía, entonces, el apresuramiento con que se mueve la masa humana que hoy inunda el "casco comercial" de la ciudad, ni habían interminables hileras de vehículos que envenenan el ambiente con sus gases mefíticos o ensordecen a la gente con sus pitos estridentes, en atroz atentado contra la salud física y mental de los habitantes de esta hoy grande, enorme y paciente ciudad de Guayaquil.

¡No! estamos recordando una ciudad todavía pequeña, con sus viejos tranvías eléctricos que, en medio del crujir de metales remor­didos y campanilladas que anunciaban su presencia, movíanse lentos y parsimoniosos hacia los cuatro puntos cardinales, cubriendo casi todas las áreas citadinas, deteniéndose de esquina en esquina para recibir a sus pasajeros que, sin empellones ni empujones lúbricos, llegaban a sus asientos. Hasta se paseaba en tranvía!

Aquellos eran los tiempos de la ciudad-río-puerto, que conjugaba el enorme y bello estuario del Guayas, el mayor de la costa americana del Pacífico, y su gran sistema fluvial, verdaderas arterias por las que fluía la riqueza agrícola más importante de la República, con el comercio internacional, en el que tan duchos eran y son, los guayaquileños. Era la época en que el Malecón, del Fortín al Conchero, presentaba el espectáculo que brindan los puertos de todo pueblo internacionalmente activo. Naves de gran calado y pequeñas "lanchas" surcaban el "manso río", amparo del navegante y motor de la ciudad y su puerto. El cacao y el café que se embarcaba dejaban en esa calle un halo perfumado que, en las noches, se acentuaba en las "carretillas", donde hervía el tinto y el chocolate, a la guayaquileña, que hacían olvidar las penas de la vida o abrían nuevas esperanzas al amor.

Así era Guayaquil, entonces. Es más, en esa época todavía la muchachada del puerto podía disfrutar del baño de mar que el Salado brindaba; todavía era el tiempo en que los doctores recetaban "los aires marinos" del estero; hoy convertido en miasma inenarrable, acosado por lo corrupto hasta su completa extinción como balneario. Aquel brazo de mar, pulmón natural de la ciudad y el American Park, asentado a su vera, fueron, en su tiempo, lugar de solaz y sano esparcimiento de toda la población que, de un modo u otro, sacábales muy sano provecho.

En los tiempos que recuerdo, aún no se apagaba el eco de la voz clara y retumbante de Bertha Singerman, que desde el escenario del Teatro Olmedo, también ya ido, hizo sentir a los guayaquileños cuan bella puede ser la poesía, cuan adentro del alma humana puede calar el verso bien dicho, la rítmica tonada que canta a la ilusión del amor apasionado, o el retumbante sonar de las sílabas que encarnan el tronar de los cañones y el galopar heroico de las cabalgaduras con que los libertadores coronaron las cumbres de los Andes. Las palabras de Rubén Darío, de Kipplin y de García Lorca, dichas por la Singerman, recorrieron, vibrantes, las calles de la ciudad y perduraron en esos recuerdos que yacen sepultados en el fondo del alma, ahogados por el paso del tiempo que, inclemente, dio paso al progreso de la urbe. Rindieron tributo a la vida, desapareciendo.

En aquella época florecieron, para deleite de los aficionados a las artes plásticas y pictóricas, en explosiones de forma y color que alcanzaron la expresión mayúscula de maestría en un Roura Oxandaberro, guayaquileño de corazón, cuyo paso ha dejado huellas indelebles, que no pueden reproducirse.

Esa era la Guayaquil de los cuarenta; la que tenía una sola Universidad que cabía, casi íntegra, en su casona de la calle Chile. Allí estaban las aulas de casi todas las Facultades; allí mismo, el Rectorado, la Secretaría, la Biblioteca y el Salón de Honor. En ese pequeño cubil se nutrían los espíritus ansiosos por conquistar el saber, por hallar el camino de la verdad; allí los viejos maestros, los hombres de ciencia, formaron generaciones y generaciones de una juventud que había de afrontar en los años por venir, todas las maravillas y todas las pesadumbres del progreso. La calle Chile, desde la Universidad hasta 9 de Octubre, testigo fue del paso de esas juventudes que, en pequeños grupos, acudían o salían de sus clases.

Y así también, el Poder Judicial. La Corte Superior de Justicia y todos los Juzgados Civiles y Penales cabían en una parte del ala Sur del palacio de la Gobernación. Allí acudíamos los abogados los de tan reciente data que aún no se secaba bien la tinta de los títulos, y los senecios e impresionantes abogados con larga práctica profesional y envidiable clientela. Los hombres como Huerta, Tamayo, Arroyo del Río, Trujillo, Parra, para citar sólo a unos pocos, habían sido o seguían siendo las luminarias de esta profesión que tenía, entonces, la vía de expresión profesional más completa en sus largos y sesudos alegatos en que el Derecho recibía el trato de la maestría, que reclama la frase meditada, pulida, redonda y elegante de la que hoy, el tráfago del ejercicio profesional, inclemente, nos separa.

A lo largo de la calle Pichincha a cuya vera está el Palacio de la Gobernación, agolpábanse los estudios profesionales, y de las ventanas de las antiguas casas colgaban los letreros que, generalmente apiñados, anunciaban la presencia de los profesionales que ofrecían sus servicios a quienes pudieran necesitarlos.

Era, pues, natural que el ejercicio de la profesión en el que, de pronto, en 1946, me vi inmerso, fuera sin duda, distinto del que hoy se presenta para el nobel abogado. Las cosas eran más simples y sencillas. No existía el fárrago obnubilante de una masa de juicios, que hoy ningún Juez puede resolver en su totalidad; no existía aquel trajín que hoy se presenta en el Palacio de Justicia, ni era preciso esperar, esperar y esperar ante burocratizados sistemas que harían perder la paciencia al mismo Job.

Y, sin embargo, debíase emprender los esfuerzos para mejorar las circunstancias y condiciones en que se desenvolvía nuestra profesión. Aquellos que juntos habíamos estudiado manteníamos frescas nuestras experiencias en la vida universitaria y nos vimos impulsados a crear un organismo gremial que, formado por los abogados del puerto, realizaran una defensa profesional y diera acceso al progreso científico, tan necesario en la vida del Derecho.

II

Durante mi vida universitaria, tuve la suerte de conocer a hombres de gran valía, hombres que supieron cultivarse, que dedicaron su vida a conocer y practicar el Derecho y a impulsarse, en algunos casos, hacía las esferas más altas de la Patria. Dos hombres, que han hecho historia, corresponden a esa época, el doctor Arroyo del Río, a quien admiré como maestro de dicción pura y acabada, dictando clases de Código Civil, y a quien combatí por sus errores políticos, que hoy no es preciso señalar, y el doctor José Vicente Trujillo, implacable opositor de aquél, por sus brillantes clases de Filosofía y de Oratoria Forense, con las que nos deslumbraba a sus discípulos.

Ambos eran hombres que merecían admiración; pero el Dr. Trujillo estaba adornado de una virtud de la que el Dr. Arroyo, al me­nos para mí, carecía: el valor humano inconmensurable de la facilidad para la comunicación. Al Dr. Arroyo lo admiré como maestro, al Dr. Trujillo lo quise, además como amigo.

< Parte del Comité pro elección del Dr. José Vicente Trujillo para rector de la Universidad de Guayaquil.

Sentados: Dr. Agustín Vera Loor; Dr. Lauro Damerval Ayora; Dr. José Vicente Trujillo, Dr. Francisco Zevallos Reyre. De pie: Dr. Rosendo Avilés Minuche, Dr. Alberto Blum Flor, estudiante Carlos Julio Arosemena Monroy —delegado estudiantil—, Dr. Alberto Avellán Ferrés, Dr. Alfonso Loayza Grunauer, Dr. Leonidas Ortega Moreira, Dr. Raúl Clemente Huerta. Atrás: Dr. Alberto Sánchez Balda, Dr. Antonio Sánchez Granados, Dr. Tomás Valdivieso Alba y el estudiante Francisco Montes Lavayen —delegado estudiantil—.

En la lucha universitaria, los colosos se enfrentaron. El uno, Arroyo, apoyando con todas sus fuerzas —era Presidente de la República— la relación del Dr. Teodoro Maldonado Carbo como Rector de la Universidad, y el otro, Trujillo, enfrentando la elección. Por primera vez en la historia de la Universidad de Guayaquil, el candidato Dr. Trujillo, acompañado por la inmensa mayoría de los estudiantes que promovió su candidatura, lanzó como base de ésta todo un programa a ejecutarse desde el Rectorado.

Durante esta magnífica campaña, en la que brilló a gran altura la figura del Dr. Trujillo, tuve la oportunidad de conocer de cerca al Dr. Leonidas Ortega Moreira, en ese tiempo ya profesor de la Facultad. En la casa del Dr. Trujillo, a la que acudíamos invitados por nuestro candidato, lo encontré con frecuencia, pues él visitaba en ese distinguido hogar a la señorita Aída Trujillo Caliste, a quien desposaría poco después.

La dura campaña por el rectorado universitario, pese al esfuerzo realizado y a los méritos indudables del candidato, concluyó con la derrota del Dr. Trujillo y la reelección del Dr. Maldonado.

III

El Dr. Leónidas Ortega Moreira era, en esa época, un hombre joven y corpulento, que acostumbraba vestir, a la usanza de entonces, "de punto en blanco" y llevaba, permanentemente colgado de sus labios un cigarrillo encendido. Alto, ancho de espaldas, caminaba con paso firme, pero dando a su cuerpo un balanceo, que le era característico, y que conservó hasta el fin de sus días. La cabeza, grande y redonda, estaba rematada por negros cabellos que declinaban tempranamente, anunciando la calvicie que, pronto, habría de presentársele. Grande era también la cara, en la que se mostraba su seguro gusto por la buena mesa; pero eran sus ojos, de azul profundo, pues, con ellos expresaba sus sentimientos, ora de atención concentrada en lo que se le decía, ora sonrientes y alegres, serios o preocupados; eran un vivido espejo de su alma. Hablaba con cierta parsimonia, remarcando bien las palabras, como apreciando el valor de cada sílaba, con voz clara y armoniosa. Mantenía hacia todos una actitud amistosa, gentil y suave, pero nunca lo vi en intimidades con nadie, salvo sus familiares más allegados.

Aunque no fue mi profesor, jamás me negó el beneficio de una consulta profesional. Hombre de memoria prodigiosa, disfrutaba con fruición la discusión sobre temas de Derecho, de modo que en cuantas ocasiones acudí a su despacho, en mis años mozos, en procura, de una solución adecuada a algún problema jurídico, obtuve siempre su atención y dedicación al tema, como si ese fuera el asunto profesional que más le interesara. Hombre de profunda fe en los esquemas simples, didácticos, creía en la ley y en sus textos más que en los grandes tratadistas, de los que tenía llena su biblioteca; volvía siempre a la letra de la ley, recitándola palabra por palabra, y a ella se acogía sin reservas.

IV

Al finalizar la década del 40, un grupo de jóvenes abogados creíamos que debíamos iniciar un esfuerzo conjunto destinado a la formación del Colegio de Abogados de Guayaquil y considerándonos demasiado jóvenes buscamos al menos joven de nuestra generación y, acudimos a la oficina del Dr. Leonidas Ortega para expresarle nuestro deseo y disposición para emprender la campaña, pues expresamos al Dr. Ortega, que no era posible que Guayaquil no tuviera un Colegio de Abogados que, no sólo por defensa profesional y por la cabida que debía de darse a los conocimientos de las Ciencias Jurídicas, sino por el necesario control de la ética profesional, que un organismo de esta clase debía tener, era un imperativo la reunión de los profesionales y la constitución del Colegio.

Pese a alguna resistencia inicial, obtuvimos la adhesión del Dr. Ortega Moreira a la idea y, reunidos los primeros entusiastas, nos constituimos en Comité que, por unanimidad, designó al Dr. Leónidas Ortega Moreira su Presidente, dividiéndose el trabajo en tres Comisiones; de Organización, que había de elaborar los Estatutos, la de Propaganda y la de Finanzas. El Comité estuvo integrado por los doctores Leonidas Ortega Moreira, Carlos Julio Arosemena Monroy, Nicolás Castro Benites, Jorge Manzano Escalante y quien esto escribe, Armando Cruz Bahamonde.

Coetáneamente, la Asociación Escuela de Derecho había estado haciendo esfuerzos por alcanzar el mismo fin y prestó al Comité Organizador del Colegio su gran ayuda; pero no cabe duda, que fue el espíritu creador del Dr. Ortega, cuya eficacia habría de mostrarse en los años venideros, que impulsó los ánimos creadores de sus componentes y dio paso a la exitosa culminación de sus esfuerzos.

En efecto, el día 7 de marzo de 1950, previa la convocatoria hecha por la prensa, en el local de la Escuela de Derecho situada en la planta baja de la Casona Universitaria, a las seis de la tarde, se reunió la Primera Asamblea del Colegio de Abogados de Guayaquil que aprobó la constitución de éste y nombró al primer Directorio compuesto así:

Presidente Dr. Leonidas Ortega Moreira
Vicepresidente Dr. Alberto Blum Flor
Secretario Dr. Armando Cruz Bahamonde
Primer Vocal Dr. Ramón Insua Rodríguez
Segundo Vocal Dr. Teodoro Maldonado Carbo
Tercer Vocal Dr. Carlos Julio Arosemena Monroy
Cuarto Vocal Dr. Rafael Coello Serrano
Quinto Vocal Dr. Nicolás Castro Benites

< Parte del Comité pro elección del Dr. José Vicente Trujillo para rector de la Universidad de Guayaquil.

Primer Directorio del Colegio de Abogados.
Sentados: Dr. Raúl Clemente Huerta Rendón, Dr. Alberto Blum Flor, Dr. Leonidas Ortega Moreira, Dr. Ramón Insua Rodríguez, Dr. Teodoro Alvarado Garaycoa.
De pie: Dr. Nicolás Castro Benítez, Dr. Carlos Julio Arosemena Monroy, Dr. Rafael Coello Serrano y Dr. Armando Cruz Bahamonde.
La distinción de que fue objeto el Dr. Ortega ha de resaltarse cuando se considera quienes, además del Dr. Ortega, integran el Directorio y, entre ellos, señalaré los más importantes: el Dr. Alberto Blum Flor Ministro Juez de la Corte Superior de Justicia y su ex Presidente, cargo al que llegó después de una larga y muy honrosa carrera judicial, en la que se destacó por su impecable conducción de los juicios que conoció en sus largos años de Juez probo y de verdadera versación. Le acompañaron, además, hombres ya maduros en la profesión, como los doctores Insua y Alvarado, profesores de la Facultad y de gran prestigio profesional, un joven abogado por entonces, una verdadera promesa para la Patria, que muy pronto se hizo realidad, el Dr. Carlos Julio Arosemena Monroy, quien había de ser electo diez años más tarde, Vicepresidente de la República y, luego, en 1962, Presidente Constitucional del Ecuador; y el Dr. Raúl Clemente Huerta, de tan brillante y exitosa carrera profesional y política, en el Ecuador.

A la Asamblea acudieron 59 abogados, que se convirtieron en los primeros socios del Colegio. La campaña emprendida por el nuevo Directorio y su entusiasta Presidente, dio como resultado que pocas semanas más tarde, el número de socios subió a 128.

Los Estatutos fueron aprobados por la misma Asamblea pues, previamente, habían sido suscritos por 102 abogados, y aprobados por el Ministro de Previsión Social y Trabajo, Dr. Frankiin Tello, el día 13 de mayo del mismo año.

Concluida la sesión, el flamante Presidente del Colegio de Abogados de Guayaquil invitó a sus colegas a servirse una copa de champaña en el Club de la Unión, ocasión en la que un diligente fotógrafo estampó una histórica fotografía, en la que constamos 10 de los 13 miembros del Primer Directorio del Colegio, fotografía que ha sido publicada en el No 13 de la Revista del Colegio, correspondiente a los meses de noviembre y diciembre de 1980, acompañándonos el Doctor Eduardo Peña Astudillo. En dicha publicación hay una nota que me concierne. Seguramente por un error de información, quien puso el pie a la fotografía indicó que, para entonces yo había fallecido ya, lo cual, evidente y felizmente, no es verdad.

V

En fin, extinguidas las burbujas del champán, volvió la calma a los abogados y todo intento del Directorio para reunir a los colegas e iniciar los ambiciosos planes que teníamos para encarar problemas profesionales y organizar foros sobre temas jurídicos y, en fin, estructurar la Institución como una sólida y promisoria realidad, no recibían la entusiasta acogida que debíamos esperar.

Se necesitaba un poco más que la desidia colectiva, para derrotar a nuestro dinámico Presidente. Sin contar para nada con la Tesorería, con sus propios recursos, alquiló un amplio local situado en la calle Pedro Carbo No 609, con dos amplios balcones con vista a la Plaza de San Francisco. Este local, que atrajo la atención de muchísimos abogados, fue inaugurado al medio día del sábado 22 de abril de 1950, fecha desde la que el Colegio dispuso de un amplio local en el que tenía una sala en la que bien cabían algo más de 100 personas, otros salones y oficinas. Luego de la inauguración, el Presidente brindó un exquisito almuerzo criollo, después del cual se iniciaron juegos de salón entre los concurrentes.-

En el acto inaugural del local social, el Dr. Ortega pronunció un breve discurso de bienvenida a los socios, del que reproduzco estas palabras, que, creo, deben permanecer presentes en los abogados de hoy, de mañana y de siempre:

"Hace mucho que venía sintiéndose la necesidad de un cenáculo donde, serena y tranquilamente, los jurisconsultos de la ciudad pudieran plantear y resolver los arduos y complicados problemas del derecho; de un organismo que como fin primordial tuviere la realización de los dictados de la moral en las actuaciones del Foro; y, de una entidad que desarrollara y estimulara la solidaridad entre los Abogados y contribuyera a darle más respeto, más dignidad y más consideraciones a la noblísima profesión de la Abogacía".

"Esa realidad tan anhelada y tan querida, no sólo por los Abogados sino por toda la sociedad, ya tiene, como lo veis, en el Colegio de Abogados de Guayaquil, vigorosa y espléndida existencia".

Reunión sabatina en el Colegio de Abogados:
Dr. Francisco Ramón Mendoza, Dr. Leónidas Ortega Moreira, Dr. Enrique von Buchwald, Dr. Humberto Santos Nivela. Atrás: Dr. Carlos Quiñonez Velásquez.

La parte científica de la nueva institución fue atendida incesantemente, con mucho éxito. No sólo que distinguidos abogados de la ciudad, como los doctores José Vicente Trujillo, Carlos Puig Vilazar, Ramón Insua Rodríguez y muchos otros más, fueron invitados a dictar conferencias sobre temas jurídicos, sino que, en foro abierto, se conocieron y discutieron fallos pronunciados por la Corte Suprema de Justicia, presentando cada quien sus observaciones y comentarios. Estas reuniones se efectuaban los viernes por las noches y, con frecuencia, acudían al auditorio jóvenes estudiantes de la Universidad y algunos curiales y funcionarios no profesionales de la Función Judicial.

En todas estas actividades científicas, y en las sociales que se producían casi todos los sábados al medio día, la figura del Dr. Ortega se destacaba en lo uno y en lo otro, sea por su acertada y eficaz dirección de los debates o por la gentil generosidad con la que contribuía a los agasajos sabatinos.

En la actividad del Colegio que iniciamos en 1950, todos nos sentíamos como parte de una gran familia; todos nos conocíamos bastante bien y éramos amigos; y, al calor de un trago bien venido o del sabor de un plato bien servido, o luego de las discusiones académicas, borrábanse roces que la profesión trae consigo y, a su vez, surgieron los sentimientos de amistad y solidaridad que humanizan el ejercicio de una legal y eficaz defensa de los intereses a nosotros confiados, eliminando la rígida alusión al contendiente, para dar paso, más bien, a la luminosa discusión sobre el derecho, siguiendo así el consejo que, con frecuencia oíamos del Dr. Ortega Moreira "No pierda Ud. su tiempo ni malgaste sus energías en proferir o contestar agravios. Dedíquelos a expresar su verdad, fundada en la ley y el derecho".

La actitud amistosa se extendía no sólo a los colegas. Frecuentemente participaron en las reuniones académicas y sociales muchos curiales y colaboradores de la Función Jurisdiccional, que no eran abogados. Entre ellos recuerdo con particular afecto a don Eduardo García, el secular Registrador de la Propiedad, cuya extraordinaria memoria y su conocimiento del Registro a su cargo permitían que facilitara en grado sumo las necesidades de la profesión en cuanto a títulos, inscripciones y certificados inscribiéndolos o expidiéndolos en brevísimo tiempo.

Colegio de Abogados, darle vida intelectual elevada y promover entre los abogados un espíritu clasista y, sanamente solidario.

Sin embargo, la vida, como un vendaval, dispersó al grupo que, encabezado por el doctor Ortega Moreira, había logrado formar el Colegio de Abogados, darle vida intelectual elevada y promover entre los abogados un espíritu clasista y, sanamente solidario. Llamados unos por la política; refrenados otros por la mala salud; apremiados los más por sus compromisos profesionales o de negocios, el primer Directorio, en 1951 entregó la posta. Había cumplido una misión que ni el gran prestigio nacional de Alfredo Baquerizo Moreno y Carlos Carbo Viteri, en 1913, ni la asiduidad de Francisco Zevallos Reyre y Carlos Espinosa Ayala, en 1935, pudieron lograr.

Guayaquil quedó con su Colegio de Abogados, institución indispensable en toda sociedad civilizada que ha perdurado hasta hoy y que seguirá viviendo mientras la justicia sea la máxima aspiración del hombre, es decir, mientras éste exista.

I aniversario de la fundación del Colegio de Abogados de Guayaquil: 7 de marzo de 1951.
Sentados: Dr. Julio Acevedo Vega, Dr. Tancredo Bermal, Dr. Corral, Dr. José Vicente Trujillo, Dr. Ramón Insua Rodríguez, Dr. Leonidas Ortega Moreira, Dr. Angel Felicísimo Rojas, Dr. Carlos Julio Arosemena Monroy.
De pie: Sr. Carlos Cobos, Dr. Nicolás Castro Benités, Dr. Jorge Coppiano Concha, Dr. Eduardo Emiliano Calle, Dr. Galo del Pozo T., Dr. Hugo Moreano, Sr. San Andrés, Dr. Ermel Quevedo, Dr. Germán Torres P., Dr. González, Dr. Enrique Ochoa Merchán, Dr. Galo Guevara, Dr. Miguel A. Peña Astudillo, Dr. Jorge Manzano Escalante.

Hoy, a 37 años de distancia, muchos de los que pusieron su esfuerzo y voluntad en crear esta invalorable institución han rendido su tributo a la tierra y a ella han vuelto. Sus espíritus han retornado al infinito. De entre ellos, Leónidas Ortega Moreira, el ser que supo comprender la necesidad de la agremiación, el que se convenció que ella era indispensable y le dio a la institución, generosa y abiertamente, sus esfuerzos, derecho tiene a que su memoria perdure en el corazón de todos quienes ejercemos la profesión de abogados en esta región de la Patria; y los que vendrán, en legiones que se renuevan cada día, no podrán olvidar a este hombre, que deberá ocupar siempre el lugar privilegiado que corresponde a los benefactores de sus semejantes.

Ágape de Abogados en el Salón Fortich.

Sentados: Dr. Ramón Insua Rodríguez, Dr. Esteban Amador Baqueriza, Dr. Secundino Ortega Dávila, Dr. Luis Felipe Borja Pérez (hijo), Dr. Carlos Luis Plaza Dañín, Dr. Leonidas Ortega Moreira, Dr. Armando Espinel Mendoza, Dr. Pío Jaramillo Alvarado.

De pie: Dr. Leonardo Espinel Mendoza, Dr. Humberto Romero Ferreti, Dr. Francisco Arízaga Luque, Dr. Alberto Avellán Ferrés, entre otros.


CONCEPTO DE DERECHO.-

En primer lugar, debemos conocer que la palabra Derecho deriva etimológicamente de la voz latina "directum", que literalmente significa "directo o derecho” y que por extensión se comprende en la idea de guiar hacia lo que está conforme a la regla, a la ley, a la norma, o como expresa el tratadista Miguel Villoro Toranzo, "lo que no se desvía ni a un lado ni otro."
Asimismo, es menester comprender inicialmente que el Derecho se produce como consecuencia de las interrelaciones sociales que se dan en la convivencia humana; ya sea ante la complejidad, conflictos o incertidumbres que surgen de estas relaciones.

En este sentido, un concepto sencillo del Derecho, es aquel que lo define como “reglas de conducta social, cuya inobservancia puede llevar consigo la imposición de una sanción”; tesis de la cual se puede inferir en mayor amplitud que, el Derecho es un conjunto de normas y principios orientados a regular la conducta humana en sociedad, ordenamiento que se inspira en postulados que permitan lograr fundamentalmente ideales de justicia, igualdad y libertad, abarcando diversos campos del quehacer del hombre. El derecho esta caracterizado por disposiciones de carácter imperativo o atributivo, es decir, puede imponer a las personas cumplir un determinado comportamiento o requisito para algún trámite, así como prohibiciones u otorgar facultades o reconocimientos según corresponda, pudiendo de ser estas normas a su vez de carácter general como ocurre comúnmente o en su defecto individual.

Desde los inicios de las civilizaciones, fue el Estado a través de las facultades que le confiere el Ius Imperium, quien se encarga estructurar el contenido del Derecho aplicable a la sociedad que se encuentra bajo sus dominios.

Finalmente podemos mencionar que el Derecho es una ciencia social, que por la propia versatilidad de la actividad cotidiana del hombre y por ende sus relaciones interpersonales, se ha visto en la imperiosa necesidad de bifurcar su campo de estudio por especialidad, surgiendo así las llamadas ramas del derecho, entre las cuales tenemos: Derecho Penal, Derecho Civil, Derecho Administrativo, Derecho Constitucional, Derecho Comercial, Derecho Internacional, etc. las que serán definidas en su oportunidad en la sinopsis respectiva.

ROBERTO SALAZAR
FUENTE .http://es.shvoong.com/


 

fruición.

(Del lat. ruitĭo, -ōnis).
1. f. Goce muy vivo en el bien que alguien posee.
2. f. Complacencia, goce. El malvado tiene fruición en ver llorar. Real Academia Española

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Historia de la república

La Cronología de los presidentes del Ecuador.

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