Guayaquil en 1808

Por: W.B.Stevenson

Aproximadamente a siete leguas de la Isla Puná hay un pequeño parapeto, mejor dicho una fortificación formada por troncos de palo de balsa y ceibo, en donde se han instalado seis cañones. La parte sobresaliente del promontorio llamado punta arena domina el canal por cerca de dos millas, y este punto de defensa podría fácilmente transformarse en el bastión de la ciudad, hasta contra embarcaciones de gran calado; en tanto que botes y balsas muy bien subirían hacia la ciudad, por otro canal del río, formando por una isla situada al costado opuesto de punta arena, sin ser dificultados en su paso por la indicada batería.

Era la entrada de la noche cuando nos aproximábamos a un fondeadero fuera de la ciudad, y nunca jamás habíamos tenido antes tan hermosa vista frente a nosotros. La extensa hilera de casas a orillas del río presentaba dos filas de luces, una procedente de las tiendas y la otra de los pisos altos en donde viven los habitantes: en contados lugares aparecían tres hileras cuyas casas tenían un piso entre las tiendas y las habitaciones. Al final de esta línea de luces, una sobre otra se levantaban las casas de la ciudad vieja, y las balsas ancladas o que surcaban el río, con sus luces a bordo, formaban en conjunto una muy deslumbradora pero placentera perspectiva.

La primera población, llamada Guayaquil, fue fundada en 1533 en la Bahía de Charapotó por Don Juan Francisco Pizarro; y a la fecha de concesión del título por Carlos V, era la segunda de las levantadas en el Perú; sin embargo, la primera ciudad fue destruida íntegramente por los indios. En 1537, Francisco de Orellana construyó otra población en la rivera occidental del río, la misma que luego trasladaron al sitio en donde ahora esta la ciudad vieja; y, finalmente, en 1793, fue llevada al lugar que actualmente ocupa. Su nombre proviene del de su primer jefe o Cacique, Guayas. La ciudad esta dividida en dos barrios distintos, separados por un puente de madera y de ochocientas yardas de longitud; dicho puente cruza varios esteros y algunas tierra bajas que el río inunda. La nueva población, o parte denominada Guayaquil, se extiende media legua a lo largo de la orilla del río, sobre un llano, con su arsenal al extremo sur; y la ciudad vieja queda al norte, parte de ella está construida sobre las faldas de la colina y la otra en su cima, en donde ahora se yergue el convento de Santo Domingo. La calle principal -El Malecón- corre junto al río; mas o menos al centro de ella encontramos la aduana; por atrás y paralelamente, otra calle se extiende a todo lo, largo de la ciudad. Estas calles con sus transversales, constituyen lo más importante de Guayaquil.

Esta ciudad es capital de provincia y sede del Gobernador; cuenta con una autoridad municipal representada por dos alcaldes y otros funcionarios; la aduana está atendida por un contador, un tesorero y más empleados subalternos. El destacamento militar pertenece al Virreinato del Perú, la jurisdicción civil corresponde a la Audiencia de Quito, y la administración eclesiástica al Obispo de Cuenca.
Hay dos iglesias parroquiales, una en la ciudad nueva y otra en la vieja; ambas bajo la advocación de Santiago, patrono del lugar; también posee conventos de franciscanos, agustinos y dominicos; el hospital está al cuidado de la Orden de San Juan de Dios. Tanto la matriz como las demás iglesias has sido fabricadas principalmente de madera, con techos de teja.

En las iglesias, durante los días festivos, predomina una costumbre que no he observado en ninguna otra parte de las colonias. Varios individuos suben a las torres o campanarios llevando tambores y trompetas para acompañar al tañer de las campanas, de idéntica manera como hacen los chinos con sus gong golpeados por martillos o piedras, produciendo un extraño aunque no del todo desagradable tipo de música, no obstante , resulta de veras ridículo oír marchas y canciones bailables ejecutadas en un campanario de iglesia, con el propósito de llamar a la gente a la oración.

La mayor parte de las casas principales cuenta con un piso alto para vivienda, y el bajo destinado a tiendas y bodegas. Los pisos altos poseen balcones largos, de 4 ó 5 pies de ancho, cortinas de lona, las cuales son utilísimas por producir agradables sombras contra los ardientes rayos de sol; y si sopla una ligera brisa, la captan pasando la lona por entre barandas y extendiendo uno de sus extremos hacia afuera, de modo que la corriente de aire -en todo instante muy deseable- penetre en los cuartos de la casa. No existe en Guayaquil edificios que llamen la atención del viajero, ya que en cuanto al tamaño, ya en cuanto a belleza, a pesar de ello, por lo general son grandes , cómodos y de buena apariencia, en particular, los situados en el malecón, con frente al río; el riego de incendio es inmenso debido a que son fabricados de madera. Durante los años de 1692, 1707 y 1764, la ciudad quedó casi reducida a cenizas; aparte de esos flagelos, ha padecido once incendios más que destruyeron muchas casas y propiedades. Sin embargo del peligro a que se halla expuesta la ciudad, las espantosas experiencias y los fáciles medios de conseguir agua en cualquier parte del poblado a fin de prevenir flagelos generales, no se dispone de una bomba contra incendios ni de un cuerpo regular de bomberos.

La hamaca es elemento indispensable del mobiliario de la casa; a menudo he visto cinco o seis de ellas en una habitación, las trabajan de pita, fibra de agave, (1) o de cierta clase de paja teñida de varios colores, son de tal suerte tejidas que alcanzan considerable anchura y en ellas caben dos, tres o cuatro personas. Las extienden al través de los cuartos, tanto a los costados como a los extremos, y las prefieren a cualquier otro asiento ; de verdad, las hamacas ofrecen peculiares ventajas, pues, ya en movimiento, producen una refrescante corriente de aire; y eso mismo salva a las personas de las picaduras de los mosquitos, dado que el vaivén de la hamaca los obliga a refugiarse en cualquier apacible rincón.

La población de Guayaquil alcanza a unas veinte mil almas; sus habitantes son de todas clases que pueda uno encontrar en diversos lugares de la América del Sur, pero sobresale el número de mulatos. Un fenómeno sucede aquí y sorprende grandemente a los extranjeros; la tez de algunos nativos blancos es delicadísima, los colores lirio y rosado asoman mezclados tan primorosamente, como en la mejilla de cualquier belleza europea, asimismo los ojos azules y el cabello de tono claro, aunque el clima es sumamente cálido y la ciudad está rodeada de pantanos. Sus mujeres no sólo son notablemente hermosas, sino que además dueñas de finas, gentiles y esbeltas figuras, de elegante porte , saben caminar y bailan con gracejo, al mismo tiempo son muy vivaces e ingeniosas en el conversar, y en conjunto la sociedad femenina de Guayaquil supera a la de cualquier otro pueblo de América del Sur que yo haya visitado, exento de veleidad es su carácter, y los de clase bajas, más industriosos que el término medio de la gente de otras colonias, de verdad, todo lleva los sellos de la actividad y el esfuerzo.
Distracciones favoritas son las corridas de toros, los paseos en balsas y el baile, por este último, todas las clases sociales parecen sentir especial predilección, y al anochecer puede oírse tocar casi en cada esquina, el arpa, la guitarra y el violín, contrariamente a lo que se podría esperar de un país situado en los trópicos, éste se inclina hacia la danza escocesa (reel), el vals y la contradanza más que a ningún otro baile.

Créditos: Traducido de W.B. Stevenson. Historical and Descriptive Narative Of Twenty year´residence in South America. London, MDCCCXXIX, pp. 204-210. Vol. II). ( Traducción de Raúl López)
El Ecuador visto por los extranjeros pág. 195-199(Corporación de Estudios y publicaciones)1989
Foto 1 Publicada por el Museo Nahin Isaias
Foto 2 Publicada por http://www.guayaquilhistorico.org.ec/webpages/articulo2.htm   Derecha Puerto de Guayaquil, obra de Ernest Charton, siglo XIX).

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