Juan León Mera

Nació 28 de Junio 1832

"Ojala jóvenes y menos jóvenes emplearan buenas horas en la lectura de libros como éste, que dejan el espíritu pacificado y la voluntad enardecida para trabajar, para servir, para amar lo que debe ser amado." Juan Larrea Holguín Texto completo

SELECCIÓN: Comentarios a la Fábula  "La luciérgana y el sapo."


Un matrimonio Inconveniente

Por Juan León Mera. Fragmento.

< Quinta de Juan León Mera. Ambato

La joven se pasaba y repasaba el pañuelito de holán por la frente mientras con la mano izquierda estrujaba un extremo del cinturón de terciopelo azul que le caía a un lado como un ángulo.
—¡Luisita! ¡hija mía! dijo por tercera vez don Pedro, clavando en ella una mirada entre bellaca y amable.
—Pues, tío, le diré...
— ¡Échale sin miedo!
—Le diré que papacito...
—¿Qué hay con tu papá? ¡Échale te digo!
—Qué ha de haber sino que me ha exigido un imposible.
—¿Un imposible, eh? Ya voy calando.
— ¡Me ha exigido que no ame a Rodolfo y que le olvide!
—Y que no te cases con él.
—Ya se entiende.
—Y ¿qué le has contestado?
—¿No acaba de oírme usted que me ha exigido un imposible?
—¡Ta ta! ya lo calé todo: has contestado que es imposible no amar a Rodolfito y no casarte con él, que tienes ya un solemne compromiso. ¿No es esto? Y el papá ha quedado vencido.
Sacó don Pedro las manos de los bolsillos, se las frotó, apretó el puño de la una con la otra haciendo sonar las coyunturas de los dedos co­mo cohetes chinos, y con miradas chispeantes se volvió a su hermano y le dijo:
— ¡Juan! ¡Juan, hombre! mira que tu hija, venciéndote, ha asegurado su felicidad y también la tuya.
—Siempre tú el mismo, Pedro; siempre sin juicio y sin poder mirar las cosas más allá de lo material.
—Y tú siempre bobarrón, y siempre con el empeño de dar a la fortuna con las puertas en las narices; pero, en fin, Luisita, que sabe más que tú y piensa mejor que tú, ha derribado tu volun­tad y dado entrada en casa a ese numen benéfico.
—Eso que tú llamas numen benéfico, es la desgracia disfrazada de joven honrado y simpáti­co: dentro de ese Rodolfo que tanto seduce a us­tedes, está otro ser que asomará tarde o tempra­no; feo, repugnante, horrible, y derribará el cas­tillo de la dicha en que tan alegremente sueñan ustedes.

< Casona Universitaria. Gquil

— ¡Calla, Juan, por Dios, que ya me vas aburriendo con ese tole! Déjame gozar con el triunfo de mi Luisa.
—Ya callo. Ya no hay más que hacer, sino dejar que mi hija cumpla su voluntad maleada por una pasión incorregible.
— ¡Oh! me gusta hallarte respetuoso para con la libre voluntad de tu hija: así deben ser to­dos los papas.
Don Pedro dio el tiento final a la taza de café, tirando exageradamente atrás la cabeza hasta que caiga la última gota, la más almibarada de todas; chupó con fuerza el cigarro, arrojó tres plumas de humo por boca y narices, y apretó el paso en sus vueltas y revueltas, cual si quisiese desquitar el tiempo perdido delante de su hermano y su sobrina.
—¿Sabes, Juan, dijo luego sin volver a pa­rarse, que me preocupaba la idea de que Luisita pudiera quedarse relegada a la categoría tristísi­ma de solterona? Hoy está salvada aun de esta miseria.
—¡De esta miseria! repitió don Juan con marcada soma.
—¿Y qué?
—Y que ni en esto pensamos de igual modo tú y yo.
—Ya lo creo: experiencia tengo de tu mane­ra de pensar tan a menudo...
—Tan a menudo tonta, vas a decirme.
—Estrafalaria, cuando menos.
—Mira, Pedro, ha un momento me pedías que callara, y te ofrecí no hablar palabra, más fuérzasme a lo contrario.
—¿Qué quieres decirme?
—Lo de siempre: que eres un loco.
—Para oirme lo de siempre también: eres un bobo. Estamos pagados, ¿eh?
—Sea; pero escucha.
—Escucho; pero no hables muy largo. Cuando sueltas la taravilla de misionero enfervorizado... ¡Cáspita! ¡que te aguante el diablo!
—No estoy ahora para larguras. Oye.
— ¡Tole! Ya he dicho que te oigo.
—Quien ha pasado toda su vida, hasta llegar a los sesenta, haciendo ascos al matrimonio, a fe que no tiene derecho de hablar mal de la soltería.

Don Juan descargaba a quemarropa — ¡Huuum ¡ rugió don Pedro, no hallando palabra con qué devolver el tiro; y la pagó el habano que fue triturado con violencia por las muelas, que no ya por los dientes del viejo.
Su hermano guardó un momento de silencio mirándole de hito en hito con maliciosa complacencia.

—Como quiera que sea, mi querido Pedro, continuó, es la verdad que has hecho bien de no casarte...
— ¡Huuum! volvió a mugir el hermano de don Juan, escupiendo las piltrafas del cigarro y limpiándose labios y narices con un pañuelo de seda, que hecho una pelota, fue en seguida hundido con fuerza en el bolsillo del paleto.
—Sí, Pedro mío, acertaste: soltero, no lo has pasado mal; casado, además de tu propia desgracia, habrías labrado la de tu mujer y tus hijos. Esto para lo concreto, aunque te amargue la verdad que acabo de hacerte tragar. En cuanto a lo general, si hacen bien quienes se casan, porque tienen favorables condiciones para ese estado bendito, pero difícil, no hacen mal, no, cuantos temiendo una mala suerte en compañía de otros, prefieren hacer solos la peregrinación de la vida. Errados van los que en manera absoluta reprueban la soltería, y raya en vulgaridad, ya es cosa de pésimo gusto, la burla que se hace a los solterones, y sobre todo a las solteronas. Estas, y las beatas y los frailes han llegado a ser el platillo obligado de la charla de los necios.
—¡Eh, Juan! y me decías que no estabas para larguras.
—Como se trataba de Luisa...
—Pero, hombre de Judas, si no has dicho una sílaba de ella.
—¿No has comprendido que mi razonamiento se encaminaba a expresar que no me disgustaría ver solterona a mi hija?
—Pero a ella, sí, le ha parecido más aceptable el empleo de cuidar marido e hijos, que no gatos ni perritos falderos. —Y yo respeto su querer, por extraviado que vaya. He trabajado lo posible por disuadirla de su intento; ella se ha plantado en sus trece, pues ¡amén! Cuando venga la pena, que se­guirá irremediablemente a la culpa, no tendrá de qué acusar a su padre.
—¿Qué dices, Luisita, de las cosas de tu pa­pá? dijo don Pedro en tono alegre, y tornando a golpear suavemente el hombro de la joven.
—Yo, contestó ella que no había perdido ni una palabra del diálogo de los viejos, y entre risueña y cortada; yo... ¿qué voy a decir?
—Pues, algo: tú eres la más interesada en este asunto, o más bien eres el asunto mismo. Conque ¿no dices nada?
—Si me obliga usted a hablar... digo... que papá debe tener mucha razón... Yo quisiera obedecerle... pero... pero...
—¿Pero qué, Luisita?
— ¡Pero si amo tanto a Rodolfo!
— ¡Eh, Juan desbarátame ese argumento!
—Con él me ha vencido. ¡Que se case! Feliz conmigo, la he bendecido siempre ¡desgraciada con un mal marido, la bendeciré con más fervor y ternura.

* Foto de la Quinta http://www.tungurahua.gov.ec/Paginas/Turismo/Cantones.htm


 invitación a leer

La libre circulación de las ideas y opiniones, oportunidad para acercarnos a la verdad.

Historia de la república

La Cronología de los presidentes del Ecuador.

eSTELAS DE LA HISTORIA

Los hechos y pensamientos del presentes  dan rumbo a la Historia.