la Constitución de Cádiz, participó José Mejía Lequerica Biografía

18 de Marzo 1812

Palabra Clave: honor, honra, despotismo,
Extracto: Ejemplo de representante de pueblo, amo a su Patria, los conceptos del honor y honra constituían la esencia de su ser, en la época que le tocó vivir, eran valores primarios dominantes que justificaba hasta el sacrificio de la vida, consciente de su responsabilidad social, no quería estar por demás en el mundo, su amigo Olmedo escribió el más hermoso epitafio que he leído. José Mejía tú memoria permanecerá en la conciencia histórica del pueblo ecuatoriano y tu legado es de la juventud ecuatoriana deseosa de justicia, paz y prosperidad del ser.

José Mejía Lequerica, Diputado a las Cortes de Cádiz

Mexía Lequerica (1777-1813)

"Diputado de las Cortes de Cádiz por el virreinato de Nueva Granada, Recordado por ser un gran orador, tuvo a su cargo la redacción de los artículos dedicados a la libertad de imprenta." www.cadiznet.com

"Nadie me disputará el amor a la América" Mejía

< Los Fusilamientos del 2 de Mayo. Goya

Don José Mejía, nació en Quito, fue una personalidad valiosa de las muchas que posee el Ecuador, colocado por las circunstancias sociales y políticas, se encontraba en la Metrópoli, donde peleó en las filas españolas contra José Bonaparte,

Recordemos que estas luchas de los españoles con los adictos al régimen Bonapartista, fue inmortalizado por Goya en la obra maestra denominada: Los fusilamientos del 2 de Mayo".

"... fui a ocupar mi puesto en una puerta, la cual no desamparé de día ni de noche hasta que se rindió la villa por capitulación, que fue el 4 de septiembre" 1  José Mejía.

De una carta a Manuela Espejo. " Si perecemos en algún combate tendrás tú el envidiable honor de que a tú esposo le haya caído una muerte gloriosa; y si salgo con vida y honra. como lo espero de Dios, tendrás en tu compañía un hombre que habrá mostrado no estar por demás en el mundo" 2  José Mejía

Don Mejía Lequerica en las Cortes de Cádiz, fructificó, estaba dotado de la información y de las luces de su siglo, poseyó la elocuencia, sagacidad e inteligencia que le permitió comunicar todos los sentimientos y deseos acumulados por años de absolutismo y colonialismo. Apoyó a los reformistas, aprovechó los momentos para llevar la discusión al campo americano. José Joaquín de Olmedo supo en pocas palabras describir en su epitafio su valía como ser humano, al defender los derechos del hombre español y americano, porque para él eran sinónimos . Sus contemporáneos españoles y americanos reconocieron sus méritos. Representante por Santa Fe de Bogotá a las Cortes de Cádiz, expuso sus tesis sobre el hombre, su dignidad y la necesidad de reformas no entendidas por el absolutismo español, dejando la única la alternativa al continente: la adhesión a la más justa de las causas proclamadas por los precursores de la independencia: La Libertad.

PENSAMIENTOS de Don José Mejía.

" Todo lo que nace muere; todo se disipa y desaparece: sólo subsiste la verdad, que es eterna; y de la verdad se derivan los derechos del hombre, las obligaciones de los monarcas y la responsabilidad de los jueces que se sientan a decidir del destino de estos y aquellos." 3

" La Justicia señor, no es más que la exacta proporción entre el deber y su desempeño" 4

"Pero, no basta que sean imparciales las leyes si no se aplican imparcialmente,..." 5

"Pero el violentarse para tomar una determinación, no supone que la determinación sea injusta" 8
" A los legisladores toca dar leyes prudentes y justas, y a los ejecutores les toca la aplicación, que esta es la parte más difícil; por lo mismo, deben estar animados de tanta prudencia como desinterés para aplicar la ley a quien corresponda" 6

" El Congreso se desvela en dar leyes sabias y justas, y los ejecutores las vuelven abominables, y echan la odiosidad sobre el Congreso"7


 

Discurso de Don José Mejía, en las Cortes de Cádiz

La Igualdad ante la Ley y la Preservación de la Libertad Individual.

Sesión de 18 de febrero de 1811.

"Congratúlame, señor, con V.M.., al ver que los representantes del respetable pueblo español se llenan de entusiasmo y peroran con tanta elocuencia cuando se habla de los desordenes que el despotismo ha introducido en la administración de justicia. No he oído en esta memorable discusión una sola palabra que no lleve el memorable carácter de la verdad, ni un solo dictamen que no adelante algún paso en el camino de la reforma de los más desastrosos males que tanto ha sufren con demasiada paciencia los españoles. He aquí una prueba experimental de que, mientras no nos salgamos de la esfera de nuestras atribuciones (quiero decir, mientras las discusiones del congreso no rueden sino sobre objetos generales, grandes, necesarios y verdaderamente legislativos), no habrá diputado que no se exprese con energía y acierto, ni decisión que desdiga de la majestad nacional. Queriendo, pues, concurrir por mi parte con algo a promover su decoro y a restablecer su dignidad primitiva, diré dos palabras en el asunto de que se trate, porque no parezca que rehúso contribuir con mi pequeña prorrata ( permítaseme la expresión) a este convite magnifico que presentan las cortes a toda la monarquía.

Si no hubiésemos de resucitar para vivir inmortalmente gloriosos, ¡cuán necios seríamos los cristianos! decía el apóstol San Pablo y, siguiendo yo el espíritu de esta sublime sentencia, no tengo embarazo en preguntar; si no han de triunfar por fin la libertad y seguridad de los españoles bajo la égida de la justicia, ¿para qué tantos y tan ímprobos sacrificios? ¡Ah! Si la arbitrariedad, que hasta ahora ha dominado anchamente por la inmensidad de la monarquía española, no hubiera de caer en tierra y sepultar para siempre su memoria, nos hacemos merecedores de perder la independencia nacional y arrastrar las pesadas cadenas del tirano que detestamos, pasando, pasando sucesivamente de la elevación de hombres libres a la abyección de esclavos, y poco después a la brutal clase de bestias, y bestias precisamente de carga, o salvajes y feroces. Porque, si la arbitrariedad hubiese de decidir de las propiedades de la vida y del honor del hombre, o no existiera nación alguna en el mundo, disueltos por todas partes los vínculos de la sociedad y reducidos los miserables mortales a ese imaginario estado de guerra de todos contra cada uno, que algunos se figuran procedió a la fundación de los pueblos, o no serían éstos más que recuas de jumentos destinados a servir a un señor de naturaleza superior a la de ellos, y a sufrir en silencio los palos que un furioso capricho les repartiese. El deseo de la felicidad es, señor, quien fundó los reinos; la justicia quien los conserva, y la precursora inmediata de su ruina la impunidad de los magistrados inicuos. Considere, pues, V. M. si puede oírse con indiferencia ese patético dictamen e la comisión, consiguiente al informe del consejo real. El es un retablo de los desastres del despotismo, y solo el brazo de V.M. puede convertirlo en risueño cuadro de la libertad civil, de esa libertad preciosa que consiste en la fiel observancia de las leyes. Muchas tenemos, y muy juiciosas, que precaven los abusos destructores del bien general: una sola nos falta, y (aunque ya está grabada en todos los corazones) nada valdrán sin ella las otras, ni ella misma subsistirá si V.M. no la promulga cuanto antes y la sostiene a todo trance. Hablo de aquel sublime principio que la política y la justicia proclaman a porfía. "Delante de la ley, todos somos iguales". cuando al grande le aguarda la misma pena que al chico, pocos serán injustos; pero si se ha de rescatar el castigo con el dinero, si las virtudes de los abuelos han de ser la salvaguardia de los delitos de sus nietos, entonces las leyes, frágil hechura de una tímida y venal parcialidad, se parecerán a las telas de araña, en que sólo se enredan los insectillos débiles y que rompen sin resistencia los más nocivos animales.

Pero, no basta que sean imparciales las leyes sino se aplican imparcialmente, ¿y qué imparcialidad puede haber en su aplicación a los casos que ocurran, esto es, en la administración d la justicia, si se envuelven los juicios en un impenetrable misterio, y si para cada reo se ha de erigir un tribunal o juez peculiar? Así es que, examinando el venenoso origen e tantas iniquidades, le hallaremos reducido a dos fuentes inagotables de impunidad, la tenebroso formación de los autos, y la multitud de juzgados.

La verdad ama la luz, y la unidad es la base del orden: que se popularice, que se simplifique la administración de justicia, y cuando de este modo no se eviten los crímenes, sabrá a lo menos el público quienes son verdaderamente criminales; y aun los que lo fueren, recibirán el alivio de no sufrir doblados castigos, teniendo que salir al suplicio de haber padecido años enteros de horrorosas prisiones. De lo contrario, cada ejecución será una alarma pública, cada absolución una sentina de sospechas y cada día que dure una causa, un hormiguero de quejas, odios y peligrosas inquietudes.

Para demostrarlo, no hay más que reducir a un plan la numerosa nomenclatura de desdichados que acaban de experimentar el consuelo de la visita. Porque los hallaremos como formados en dos grandes e igualmente lastimeras filas: los unos lamentándose en los calabozos de que, por lo mismo que todos desean juzgarlos, no hay quien les haga justicia; y los otros que ( a causa de la oscuridad y alevosía con que se pueden ejecutar las prisiones), cuando debían andar en palmas, estaban avasallados a los pies de los alguaciles y alcaides. ¿Qué ejemplo más concluyente que el del benemérito Padilla, que a no llevar casualmente en su cartera tan expresivas recomendaciones del general Copons habría perecido en la infamia y la desesperación de una mazmorra en premio de su patriotismo, de su valor y de sus servicios?

A cuyo propósito ruego a V.M. observe la conducta de este oficial, luego que se le puso en libertad, Convidósele a reclamar su derecho y querellase contra quien le hubiese ocasionado sus perjuicios y padecimientos; en una palabra, parecía ponérsele en las manos la compensación y el desagravio. ¿Pero qué hace Padilla? Lejos de tomarlo judicialmente, huye de este país de opresión y mirando con horror un suelo manchado por todas partes con las sangrientas huellas del despotismo, no se cree seguro hasta verse refugiado en Gibraltar. Conducta prudente y propia de un hombre desengañado, que sin duda diría: "Si no habiendo incomodado a nadie y llevando conmigo las credenciales de mi honradez me persiguieron así, ¿cuál será mi suerte cuando para acreditar mi justicia he de patentizar la iniquidad de mis jueces? ¡Ah! ¡ No irritemos a unos malvados que tienen en su mano la facultad de hacer infelices aun a los que no pueden volver criminales!"

Así . que ya ve V.M. que los medios comunes no bastan contra tantos desórdenes. Por lo cual, apoyo con todas mis fuerzas cuantos arbitrios extraordinarios han propuesto los señores preopinantes, y por mi parte pido a V. M. que ínterin la comisión encargada de la mejora de nuestra legislación criminal se ocupa de tan largo como útil trabajo, recomiende V.M. a otra comisión especial o a la justicia el arreglo de un más sencillo y auténtico método de enjuiciar, disminuyendo en todo lo posible la ruidosa multitud de fueros, y dando al seguimiento, sentencia y conclusión de las causas, suficiente publicidad. Si esperamos a la reforma completa de nuestros voluminosos código, la arbitrariedad hollará, entretanto, los más preciosos derechos. Y nosotros, ¿ qué haremos? ¿Seremos testigos indolentes de sus estragos; cerraremos los oídos a los clamores del pueblo; nos constituiremos cómplices de los tiranos, y aceleraremos la explosión de la monarquía, siempre consiguiente a los extremos del despotismo? Es cierto que los consejos se develarán por evitarlos; pero (como dijo muy bien el señor Luján) si la raíz está intacta bajo de tierra, ¿de qué sirve cortar las ramas, que luego han de retoñar más pomposas?

Insisto, pues, en que se nombre una omisión que, teniendo presente el dictamen que diere el consejo sobre las causas de infidencia, simplifique y mejore el método de enjuiciar, y desde ahora para entonces recomiendo a V.M. la bella máxima que acaba de proponer el señor Ric, y era uno de los pensamientos que se me ocurrieron desde el principio la discusión, a saber: que a nadie se ponga preso sin orden por escrito del respectivo juez, en donde se expresen los motivos de la prisión, bajo apercibimiento a los alcaides que si alguna vez se halla alguno en las cárceles de su cargo sin esta diligencia previa, serán tratados como reos de lesa nación, y sufrirán por lo menos los castigos y penas a que hubiere estado expuesto aquel preso. Esta ley no será más que una consecuencia de lo que V-M. tiene acordado en el reglamento el poder ejecutivo, donde V. M. previene que mirará como un atentado contra la libertad del ciudadano español, cualquier prisión arbitraria, y aun el que , a pretexto de detenido, se mantenga arrestado a un hombre más de cuarenta y ocho horas, sin entregarle a su juez para que le forme la causa.

Acaso parecerá pequeño y de poca influencia este remedio de precaución. La experiencia hará ver lo contrario; y mientras sus infalibles lecciones nos desengañan, quisiera que se me dijese si podrá nadie estar preso contra la volunta0d del carcelero, si éste admitirá en su causa un proceso vivo que ha de perderle. Y finalmente, si habrá quien se atreva a expresar bajo su firma motivos de arresto que no se puedan justificar ante el tribunal superior, que se los ha de exigir, so pena de verse expuesto a la indignación soberana de la inflexible representación nacional".  Biblioteca ecuatoriana Clásica, tomo 12 Pág. 445

Epitafio:

A Dios Glorificador
Aquí espera la resurrección de la carne
el polvo de Don José Mexía
Diputado en Cortes por Santa Fe de Bogotá.
Poseyó todos los talentos,
Amó y cultivó todas las ciencias,
Pero sobre todo amó a su Patria y
Defendió los derechos del pueblo español
con la firmeza y la virtud,
con las armas del ingenio y de la elocuencia
y con toda la libertad
de un Representante el Pueblo.
Nació en Quito,
Murió en Cádiz en Octubre de 1813
a los 36 años de su edad.
Sus paisanos y amigos
escribían llorando
estas letras a la posteridad. 1813

(El Colombiano, n. 141, Abril 26 de 1832) -Autor  del epitafio José Joaquín de Olmedo

NOTAS.

1 Citado por Pablo Herrera.- Antología de Prosistas ecuatorianos. Pág. 45
2 Ídem
3 Sesión de 20 de diciembre de 1810
4 Sesión de 20 de diciembre de 1810
5 Sesión de 18 de febrero de 1811.
6 Sesión de 6 de noviembre de 1811
7 Sesión de 6 de noviembre de 1811
8 Sesión de 6 de noviembre de 1811



honor.

Del lat. honor, -ōris).
1. m. Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo.
2. m. Gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas de quien se la granjea.
3. m. Honestidad y recato en las mujeres, y buena opinión que se granjean con estas virtudes.
4. m. Obsequio, aplauso o agasajo que se tributa a alguien.
5. m. Acto por el que alguien se siente enaltecido. Su visita fue un honor para mí.
6. m. dignidad ( cargo o empleo). U. m. en pl. Aspirar a los honores de la República, de la Magistratura.
7. m. pl. Concesión que se hace en favor de alguien para que use el título y preeminencias de un cargo o empleo como si realmente lo tuviera, aunque le falte el ejercicio y no goce gajes algunos. Al ministro se le rindieron honores de Jefe de Estado.
8. m. pl. Ceremonial con que se celebra a alguien por su cargo o dignidad.
9. f. ant. Heredad, patrimonio.
10. f. ant. Usufructo de las rentas de alguna villa o castillo realengos, concedido por el rey a un caballero.

con ~es de.

1. loc. prepos. U. para dar a entender que algo se aproxima a otra cosa tenida por superior o más importante. Una casa con honores de palacio.

hacer ~ a algo.

1. loc. verb. Demostrar ser digno de algo. Hace honor a su nombre.

hacer los ~es.

1. loc. verb. Dicho de un anfitrión: Atender a sus invitados.

2. loc. verb. Dicho de un invitado: Manifestar aprecio de la comida tomando bastante de ella. Real Academia Española

honra.

(De honrar).
1. f. Estima y respeto de la dignidad propia.
2. f. Buena opinión y fama, adquirida por la virtud y el mérito.
3. f. Demostración de aprecio que se hace de alguien por su virtud y mérito.
4. f. Pudor, honestidad y recato de las mujeres.
5. f. pl. Oficio solemne que se celebra por los difuntos algunos días después del entierro, y también anualmente.

~ del ahorcado.

1. f. coloq. compañía del ahorcado.
tener alguien a mucha ~ algo.
1. loc. verb. Gloriarse, envanecerse de ello. Real Academia Española

despotismo.1

(De déspota).
1. m. Autoridad absoluta no limitada por las leyes.
2. m. Abuso de superioridad, poder o fuerza en el trato con las demás personas.
~ ilustrado.

1. m. Política de algunas monarquías absolutas del siglo XVIII, inspirada en las ideas de la Ilustración y el deseo de fomentar la cultura y prosperidad de los súbditos. Real Academia Española

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