DISCURSO 1PRONUNCIADO POR EL Dr. MANUEL CABEZA DE VACA

PRESIDENTE DE LA SOCIEDAD BOLIVARIANA EN HOMENAJE A LA FECHA DEL 9 DE OCTUBRE — 1962

Este día de épica recordación nos congrega en este recinto para rendir el tributo de nuestra admirativa gratitud a una fecha excelsa en la historia de nuestra formación nacional.

< Dr. Manuel Cabeza de Vaca

Bien así como en la vida individual, habernos menester volver sobre nosotros mismos y sobre nuestros actos, dándonos cuenta de que esta iluminación de la conciencia sobre el camino recorrido sirve no únicamente de solaz a nuestro espíritu sino de estímulo a la voluntad para futuras empresas; de una como reconciliación con nosotros mismos cuando la nube del desaliento ensombrece nuestro semblante: no de otra suerte los pueblos, en acto de conciencia colectiva, deben volver sobre si mismos y sobre sus orígenes; reconfortar sus aspiraciones con el ejemplo de sus progenitores; reavivar sus sentimientos de lealtad y su obligación de sacrificio, rememorando cuanto hicieron por nosotros los forjadores de la Patria; cómo tallaron en la roca de una realidad hostil e indómita el alcázar que hoy sirve de abrigo a las instituciones a cuyo amparo deslizase nuestra existencia.

La Patria es la síntesis prodigiosa en que se acendra el pasado. Si las generaciones que nos precedieron perduran en lo mas íntimo de nuestra sustancia; nos mandan desde el inviolado reducto de nuestro subconsciente; predeterminan nuestras inclinaciones; encienden en nuestro horizonte interior los ideales que nos vivifican y las esperanzas que nos elevan hacia lo infinito: reconozcamos su soberano imperio en acto de amor y devoción hacia sus representantes esclarecidos, y al sublime conjuro del deber que se cumple con plenitud de sinceridad, como máxima realización de vida, pongámosles en el sitial de honor que les corresponde, rodeándoles de la afectuosa veneración que demandan la pureza de sus virtudes y la excelsitud de las hazañas realizadas.

Con justo título figura la fecha del 9 de Octubre de 1820, en que se realiza la Independencia de Guayaquil, como una de las más gloriosas en la historia de la emancipación americana.

Guayaquil, el arsenal del Pacífico, el puerto principal, mejor diríamos el único, de la Presidencia de Quito, contaba en su suelo con hombres ardientemente enamorados de la independencia. Desde 1809 había sido mas activamente vigilado: no hubo día en que estuviese desguarnecido de tropas.

El año 20 se inauguró con la revolución de Riego, que volvió a implantar la Constitución de Cádiz. Guayaquil se apresuró a jurarla, lo que contribuyó no poco a entusiasmar el espíritu público. Esperábase un momento oportuno para organizar un movimiento popular.
En aquellos días acertaran a pasar por Guayaquil, de paso para su tierra natal tres oficiales venezolanos despedidos del Perú por sus ideas republicanas: Miguel Letamendi, Luís Urdaneta y León de Febres Cordero.

Según la narración del General Villamil, el Domingo 1° de Octubre, se hallaba de visita en casa del Tesorero Don Pedro Morlas, y la niña Isabelita dijo: será posible que no bailemos esta noche? —"Tú no piensas mas que en baile, dijo la madre de la niña, con tierna severidad". En que quiere que piense, dijo Villamil a la madre, en Novenas?, y sin otra palabra envió un billete a su esposa, por medio de su amigo, Don José Antepara pidiéndole que en su casa organice una recepción, con nutrida y elegante concurrencia, dándole una lista de los invitados. Antepara observó: veo aquí a los oficiales de Numancia, pero no a los de Granaderos. Villamil contestó: no he visitado a esos señores, y creo no aceptarán la invitación. "Déjese Ud. de eso volvió a decir Antepara. Cordero me ha dicho que nada podemos emprender si no contamos con los oficiales de Granaderos, que se entienden ya con los de Numancia.

Al observar una tercera mesa para el servicio de las viandas, Villamil dijo a Antepara: a que viene esta tercera mesa? No bastan aquellas dos? No se meta Ud. en mis cosas, dijo Antepara. Esta mesita se va a convertir en la fragua de Vulcano esta noche.

A media noche en punto, la deseada reconciliación tuvo lugar en la "Fragua de Vulcano" jurando todos los comprometidos triunfar o sucumbir noblemente en la empresa. El siguiente día lunes 2 de Octubre hubo Junta de Conspiradores. El Coronel Don Jacinto Bejarano se excusó de que se le proclame Jefe de la revolución, en razón de su edad. La Junta hizo la misma petición al Dr. Don. José Joaquín Olmedo, quien dijo resueltamente: cuenten Uds. conmigo para todo, menos para Jefe de la revolución: esta parte debe ser necesariamente desempeñada por un jefe militar y de mucho arrojo. Villamil fue comisionado para hacer la misma petición al Teniente Coronel Don. Rafael Ximena del cuerpo de Artillería, pero no en actividad. "Este valiente e importante jefe se excusó también y manifestó que habiendo pasado su primera juventud en España; que habiendo recibido su educación profesional en uno de sus colegios y que habiendo hecho su carrera al servicio de la heroica nación que sin ejércitos, sin recursos acababa de triunfar de la lucha mas desigual, no podía, aunque muy partidario de la revolución, ponerse a la cabeza de ella, sin incurrir en la nota de ingratitud respecto a España. Siento mucho, dijo, no poder acompañar a Uds. en tan gloriosa empresa: me consuela empero la certeza de que no haré falta.

Villamil dio cuenta el miércoles 4. En este estado se resolvió hacer la revolución invocando la sola palabra "Patria".

El sábado 9 de Octubre se supo que la revolución había sido denunciada al Gobernador (Jefe de Escuadra Don Pascual Vi­vero). Se procedió a precipitar la revolución. Villamil se opuso alegando que nada se sabía de la expedición que se aguardaba de Chile, a las órdenes del General San Martín: que nada se sabía del General Bolívar: que el Perú estaba guarnecido por veintidós mil veteranos y Quito y Pasto por seis mil: que aun cuando el triunfo de la revolución fuese completo, podía ser muy precario. Cordero combatió ardientemente este punto de vista. "Cual es el mérito, dijo, que contraeremos nosotros con asociarnos a la revolución después del triunfo de los Generales Bolívar y San Martín? Ahora que están comprometidos o nunca. Un rol tan secundario en la Independencia es indigno de nosotros. De la revolución de esta importante Provincia puede depender el éxito de ambos Generales en razón al efecto moral que producirá, aunque nada mas produjera. El ejército de Chile conocerá que no viene a un país enemigo y que en caso de algún contraste tiene un puesto a sotavento que podemos convertir en un Gibraltar. El General Bolívar nos mandará soldados acostumbrados a vencer; y de aquí le abriremos la puerta de Pasto que le será muy difícil abrir atacando por el Norte".

Conociendo los conspiradores de Guayaquil el patriotismo de Escobedo, sus ideas y principios, le comprometieron para la atrevida empresa. Decidido ya Escobedo por la causa de la Independencia, fue también fácil que siguieran su ejemplo Álvarez, Farfán y otros oficiales americanos del Granaderos. Asistió pues a la Junta de conspiradores celebrada en casa de Don José Villa­mil, quien dice en su reseña que a las diez de la noche vino a su casa a decirle que todo estaba arreglado para las dos de la madrugada: que todas las partidas sueltas se reunirían a su cuartel, como centro de operaciones y que allí le esperaba con los pocos americanos e ingleses que había podido reunir.

El vivo deseo que manifestó Febres Cordero por salvar la vida de su amigo íntimo, el Teniente Coronel Torres Valdivia, que mandaba la Brigada de Artillería, jefe muy querido de su tropa y muy particularmente de un oficial de apellido Nájera, insurgente de los más ardorosos, vino por incidencia a dar mayor seguridad a la revolución. Torres Valdivia era muy aficionado al juego; y el 8 por la noche, Nájera, su protegido, instruido por Cordero, le invitó, a nombre de tales y cuales personas a jugar una partida de algunas onzas de oro en el cuarto de su morada, y Torres Valdivia la aceptó. Nájera, dejando allí algunos conjurados de su confianza partió tras de su Comandante, que vino al punto y no bien acabo de entrar se le dijo que estaba arrestado. Febres Cordero que llegó luego le explicó todo, en tanto que Nájera iba y venía de casa del jefe español trayendo las llaves del parque, que tomó Cordero; saliendo éste luego de asegurar a Torres Valdivia. Sería la una de la mañana del día 9 de Octubre de 1820 cuando Febres Cordero con cincuenta hombres del batallón "Granaderos" que estaba comprometido se fue derechamente al cuartel de artillería. Al acercarse oyó el ¡Quién vive! del centinela; y contestándole ¡Refuerzo! se entró de rondón, despertó al oficial de guardia que se hallaba dormido, le empujó hacia el cuarto de banderas y le encerró allí, al tiempo que los que le acompañaban se apoderaban de dos fusiles de la guardia, cuyos individuos se hallaban también dormitando.

Febres Cordero mandó formar la tropa, la peroró, la convenció y quedó proclamada la insurrección.

Triunfante la revolución de Octubre y convocado el pueblo para las diez del día a efecto de que eligiera libremente la autoridad gubernativa proclamó a una voz y con todo entusiasmo a Febres Cordero para Jefe Superior de la Provincia; pero Febres Cordero que poseía en alto grado la virtud de la modestia, se excusó rotundamente, anunciando que se separaría de la revolución si se insistiera en conferirle el cargo.

Obtenido con brillante éxito el triunfo de la revolución, en la cual no corrió más sangre que la del Comandante Megallar, cuya muerte si bien muy sensible fue al decir de Urdaneta "una exigencia esencial para el triunfo de 'la revolución", se inauguró una Junta de Gobierno, de la cual fue elegido miembro y Pre­sidente el Coronel Escobado; vocales el Dr. Vicente Espantoso, ardiente patriota y hábil jurisconsulto y el Teniente Coronel Rafael Jimena. El Dr. Luís Fernando Vivero, escritor conocido en América, fue designado Secretario. Esta Junta continuó hasta cuando, reunido el Colegio Electoral el 8 de Noviembre siguiente, por convocatoria de la misma Junta, eligió otra, formada por los señores Olmedo, Roca y Ximena.

Tan luego como en el interior se tuvo conocimiento de la revolución de Guayaquil, coronada por el mas brillante de los éxitos, los patriotas de Quito se dirigían a los patriotas de Guayaquil, pidiéndoles continuar la épica empresa, organizando un ejército para venir a destruir el poderío español en las provincias de la Sierra, toda vez que la revolución de Quito de 1809 había sido completamente abatida.

Atmósfera de pasiones de distinto orden flotaban en Guayaquil, pues mientras unos eran partidarios de que se constituyera en Estado autónomo con todas las poblaciones de la costa, otros creían que debía anexarse al Perú, bajo la dirección de San Martín; otros a Colombia, bajo la égida de Bolívar y otros opinaban que junto con las provincias del interior debía constituirse un nuevo Estado, sobre la comprensión territorial de la Audiencia de Quito, como ésta se organizó según la cédula de 1563. En el Reglamento del Gobierno Provisorio de Guayaquil, aprobado por la Junta Electoral de la Provincia el 11 de Noviembre de 1820, artículo 2° se dice: "La provincia de Guayaquil se declara en entera libertad para unirse a la grande asociación que le convenga de las que se han formado en la América del Sur".

Pero esta diversidad de criterio no entraba en juego cuando se pensaba en la necesidad de continuar la lucha por la Independencia: en esto había uniformidad de pensamiento. Así es que se organizó el ejército Libertador, cuya culminación de esfuerzos se coronó de gloria en la batalla del Pichincha. Pero el camino era fragoso, áspero, lleno de contingencias y quebrantos.

Las, fuerzas guayaquileñas se organizaron rápidamente. El batallón Granaderos recibió otro nombre, el de "Libertadores"; el "Daule" conservó el suyo; un cuerpo de voluntarios se llamó "Vengadores"; otro, "Voluntarios de la Patria" Integrada la Di­visión "Protectora de Quito", se nombró Comandante a Luis Urdaneta, Segundo, a León de Febres Cordero y salió a campaña.

Los españoles avanzaban sobre Babahoyo, donde los patriotas habían establecido su cuartel general, por lo que mandó Urdaneta a su vanguardia con Febres Cordero, hasta encontrar al enemigo en el Camino Real. Una acción rápida se efectuó en este lugar, ganada por Febres Cordero.

Alausí, Riobamba, Latacunga y Ambato habían proclamado su libertad. Urdaneta creyó entonces oportuno acercarse a Quito, ocupando Ambato; pero se informó que hacia él marchaba el Coronel Francisco González, y resolvió buscar un sitio más adecuado para combatir, por lo que abandonó Ambato y tomó posiciones en la llanura de Huachi. No obstante su valor, las fuerzas patriotas fueron derrotadas.

La derrota no amilanó a los patriotas de Guayaquil. Con entusiasmo delirante se reorganizó el ejército. El Coronel Toribio Luzuriaga se hizo cargo de la nueva campaña, cuyo comando confió al oficial argentino José García. Las nuevas tropas salieron con dirección a Guaranda. En Tanizahua los patriotas sufrieron otro descalabro, semejante al de Huachi.

El 31 de Agosto de 1821 se suscribió el Acta relativa a la Anexión de Guayaquil" a Colombia por el Presidente del Ayuntamiento, Dr. José Joaquín Olmedo, Los Alcaldes y los Regidores. El Presidente manifestó: "Que la ciudad y toda la Provincia debían tener presente para esta declaración el interés público que de ella debía resultar, consultar la bondad y liberalidad de las leyes y la Constitución del Estado a que debían agregarse, las relaciones que ligaban a ambos pueblos y los sentimientos de gratitud. — El señor Procurador General por si y en voz del pueblo manifestó que su voto era por la agregación a Colombia, y que conocía que este era el voto general de la ciudad. Los demás términos y del modo mas decisivo en favor de la República, y se recibió con la mayor satisfacción por el cuerpo y los vecinos con­currentes".

Bolívar envió al General Sucre. Sucre movió su ejército que constaba como de tres mil hombres hacia Quito El ejército es­pañol montaba a dos mil y esperaba de un día a otro la llegada de un cuerpo que venía de Pasto. Ocupaban los españoles el pueblo de Machachi y tenían fortificados el Jalupana como lo practicaron diez años antes los patriotas del año doce y el desfiladero de la Viudita por donde había pasado el General Montes. Al saber Sucre estos particulares, tomó el camino que llamamos Limpio-. Pongo por las faldas orientales del Cotopaxi y Sincholagua y vino a acampar el 16 de Mayo en el abrigado valle de los Chillos, jar­dín y granero de la Capital. Los españoles penetraron este movi­miento y replegando inmediatamente a Quito se posesionaron de Puengasí. Sucre burló el estorbo que se oponía a su paso, se situó en Turubamba, donde provocó a los enemigos al combate. Atenidos estos a la defensiva, permanecieron quietos. El ejército Libertador se mantuvo en Chillogallo y el de Aimerich, en las entradas meridionales de la ciudad. Sucre, desde muy atrás tenía el proyecto de acampar su ejército en el ejido del norte, así para oponerse a la incorporación del cuerpo que venía de Pasto como para dejar a esta ciudad incomunicada con Quito y con tal fin del 23 de Mayo por la noche manda subir sus soldados por las escarpadas faldas del Pichincha. A las ocho de la mañana llegan a coronar las altas faldas del Pichincha encima del repecho que domina el convento de San Diego. Apresúranse los españoles a descubrirlos. Rómpense los fuegos a las nueve y media y se sostiene con tesón. Las Compañías del Aragón se disponen para flanquear la izquierda de Sucre; mas tropiezan con otras tres del Albión. Una última carga del intrépido Córdova desconcierta a los enemigos y a las doce del día los soldados de la libertad dan el grito de victoria.

Quito celebró el Acta de la Independencia el 29. Por ella declaró que el antiguo Reino de Quito formaba parte de la Re­pública de Colombia. Puede decirse de ella que es el Acta de la unidad nacional, porque ella reintegra la antigua Presidencia de Quito, tal como fue organizada en 1563 y así reintegrada se incor­pora a la República de Colombia, creada por el genio del Libertador.

La Patria es una doble realidad: subjetiva en nuestros sentimientos, en nuestros anhelos, en nuestros dolores y aspiraciones comunes: objetiva en los hechos desarrollados en el devenir de los tiempos, que han determinado la formación nacional.

Guayaquil con su progreso ha hecho el progreso de la República: es el asiento del trabajo que redime y fortifica. Cuantas veces no la hemos visto resurgir de su ceniza y de sus avatares con mayor vigor y lozanía. Es de las grandes iniciativas en todos los órdenes de actividad, por las luces de sus estadistas; por su altísimo desenvolvimiento intelectual, puesto de relieve con sus escritores, sus periodistas y sus poetas: por su valor para las reformas que han dado a la estructura nacional la fisonomía que actualmente tiene. Nuestra unidad se afirma y robustece día a día y no podemos soslayar la influencia poderosa que en ello ha tenido para fortalecer esa unidad la grande obra del Ferrocarril del Sur debida en su parte más áspera y difícil a la voluntad indomable del General Eloy Alfaro.

Como nos adentramos en nuestro pasado y distendemos ante nuestro miraje interior el panorama de acontecimientos que se han amalgamado en la finalidad superior de nuestro destino histórico, nos convencemos firmemente de nuestra vocación nacional. Hay una voz que nos une, traduciendo íntimos anhelos de una alma que quiere encontrarse a si misma, en cada región del territorio: que es una y múltiple, porque tiene la unidad del infinito y la variedad de las urgencias diarias, condicionadas por el tiempo y el espacio; que secreta en sus reconditeces psicológicas las tonalidades de la excelsitud mental y las direcciones lógicas de la voluntad viril, a cuyo favor la estructura geográfica misma, vencida y sometida, es sello de homogeneidad que anuncia la presencia de un organismo vivo en el vasto reinado de las formas. En este día de Octubre que celebramos la fiesta de la ciudad excelsa y de la Patria en su conjunto, al rememorar los episodios inmarcesibles a que hemos hecho referencia, pongámonos ante el altar de nuestros recuerdos y en angusta simbolización de nuestros idea­les de la libertad, de justicia y de trabajo, las manos entrelazadas entonemos un himno de esperanza.

Me ha cabido el honor de dirijiros estas palabras previamente a la conferencia que el docto y atildado escritor, dignísimo Secre­tario de esta Institución, Señor Don Juan Pablo Muñoz Sáenz pronunciara sobre la fecha que ahora nos congrega. Nuestro ho­menaje adquiere mayor relieve con la intervención de tan distin­guido exponente de la intelectualidad ecuatoriana.

Fuente: Manuel Cabeza de Vaca, Discursos y Conferencia, Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana. 1963

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