Juan de León y Larrea

Riobambeño de fines del siglo XVII. sus discursos políticos y morales sobre varios asuntos que interesan, se publicaron en el DEBATE de Quito, 1929.

DISCURSO PRIMERO

SOBRE LA INJUSTA DOMINACIÓN DE LOS INDIOS, ES DECIR EL MALTRATO QUE HACEMOS DE ESTOS INDIVIDUOS DE NUESTRA MISMA NATURALEZA.

Cada nación tiene sus propiedades peculiares, su sensibilidad, su genio, su carácter, relativo al clima, a sus preocupaciones, y a la lengua que habla. Los indios, aquella nación feliz en otro tiempo, tiene también sus distintivos, como todas las demás, mas sofocados, con una dominación larga y funesta. La voz de la naturaleza, la Religión, no han dejado en ningún tiempo de clamar, a porfía, contra la infeliz suerte de los indios, procurando interesar a su favor, a la razón, y todos los sentimientos, que contribuyan a desterrar los abusos de la injusticia con que tratamos a estos infelices. ¿Cuánto importaría que unos impulsos tan nobles produjesen buen efecto? Quizá algunos motivos de sórdido interés inclinarán la balanza a favor de las ventajas de la humanidad, quizá el mismo clamor de la Naturaleza vencerá aún a estos intereses, y obligará a lo menos, a que se aligere el duro peso que padecen. Esta moral universal es hija de la misericordia, del pacto social. La Religión que profesamos y nuestro divino Maestro Jesús, cuya doctrina fue un continuado clamor de que nos amemos unos a otros y un continuado ejemplo de esta misma máxima, nos inspira la piedad, para con nuestros hermanos. Si Pedro corta la oreja a Malco, lo reprende, mándale envainar la espada. Si acusan los fariseos a la mujer adúltera, sólo le dice con mansedumbre, vete, y no peques más, y todas las palabras y acciones del Salvador respiran la misma clemencia.

Si ciertos males particulares llaman la atención de un americano, deben ser los infortunios de muchos millares de hombres, víctimas inocentes de la avaricia de los eu­ropeos, y el criminal abuso que se hace de la humilde subordinación de los indios. No lo clamo, contra la tiranía con que se les trata, como vecino de este continente, sino como cristiano, y discípulo de Jesús.

Si me atrevo a unir mi voz, a la que es la de la misma humanidad, menos lo haré para dar un nuevo peso a la razón, como por no hacerme reo con el silencio. Es cierto que la sinceridad, con que me compadezco, viene tarde, pues viene después de cerca de tres siglos, a que estos infelices padecen, para reparar sus infelicidades, cuya memoria me oprime, llenándome de aflicción y amargura.

La rivalidad entre españoles e indios ha hecho los más fieros estragos. Los primeros se suponen árbitros de la fortuna de los segundos, y los tratan con el mayor desprecio, y estos sofocados de una dominación despótica e injusta, aborrecen a sus dominadores, en especial a los que llamamos mayordomos. Estos que son los que econo­mizan los intereses de sus amos, y los que inmediatamente los gobiernan, toman una ascendencia sobre ellos, aún más cruel, que la que toman los ingleses con los negros: por la más pequeña falta, por no haber asistido un día al trabajo, con justa causa, o por enfermedad, o porque tuvieron sus propios quehaceres, por alguna palabra dicha con algún espíritu, dicha con disculpa de su pretendido delito, les dan el más fuerte y afrentoso de los castigos que es el de los azotes, esto es, si no los estropean, con el palo, y el acero; como si en el pacto o convención que hicieron cuando se concertaron se hubiesen obligado a no faltar jamás.

Es cierto que algunos usan de moderación, pero en general, amos y sirvientes usan con tiranía de su poder ilimitado, y no faltan corazones endurecidos al ruego, y al gemido. Estos déspotas, aunque parece que hacen alguna tregua, ésta es hostil, y no compasiva, se mueven a piedad, pero es con aquellos que necesitan, para ayuda de sus robos e infidelidades. ¿Y no deberemos clamar, los sensibles, contra esta raíz emponzoñada de tantas inhumanidades?

No entendamos que aquí hablo sólo de los españoles, no, todos los europeos que tienen colonias americanas los tratan del mismo modo, y quizá aún peor. Los franceses, en La Martinica, y en la isla de Santo Domingo; los ingleses en la Virginia; los holandeses, en sus costas; lo dicen sus mismos viajeros, y hoy. pues, de esto se declama, contra sola la tiranía española? Los ingleses, aquella nación ilustrada, trata a los negros, con la mayor y más grave tiranía, que se estremece la misma naturaleza, al leer lo que ejecutan con estos infelices, cuando los aprisionan y conducen, y esta tiranía la conocen, los mismos ingleses, y claman contra ella.

Los indios, esta gente tan recomendable, por el abatimiento en que viven, por la utilidad que nos traen, por su natural virtud. y tan recomendada, por nuestros soberanos y sus sabias leyes, no son como nos los figuran los que preocupados del errado concepto de su brutalidad, los pintan con los colores más negros, les atribuyen los vicios más criminosos: pero la experiencia ha mostrado lo contrario; dicen que en ellos reinan principalmente la mentira, el hurto, la embriaguez, la ociosidad; haré ver la falsedad de este concepto, si se me atiende con imparcialidad.

El obscuro cuadro que presentan los fascinados de los vicios, de estos nuestros hermanos, es idea mentirosa, pues en ellos hay de cierto la frugalidad, la inclinación y constancia al trabajo, la liberalidad, pues nunca piden sin dar; cuando se ponen a comer, no separan mesa, aunque no sean conocidos, parten de todo, con todos; la hospitalidad, es su querida, el más indigente abre su casa y da asilo a cualquiera que la pide, acógelo benigno, le sirve y sin escasez, le da todo lo que tiene.

La mentira, es cierto que la dice, y la dicen con frecuencia; pero, ¿qué tiene que ver, con la falsedad, doblez y mala ley de los blancos? Los indios, las más veces, obligados por los que los mandan con imperio, o por excusar el castigo, o por disculpar las que se conciben faltas en ellos, vierten algunas mentiras. Nosotros infieles en los contratos, falsos en el trato familiar, mentimos siempre, nada se ve ni oye en los tribunales sino mentiras, y mentiras juradas, pues no hay escrito que no lleve un juramento; mentimos en el mutuo comercio, mienten los oficiales, mienten, y mucho, los mercaderes; las mujeres con sus aparentes adornos mienten y más hoy mienten, con esas venenosas ponzoñas, que fingen lo que no hay. No quiero decir que es esta regla sin excepción, hay mucha gente de conocida veracidad; mas la misma regla corre con los indios, pues hay entre ellos muchos que hablan la verdad; debiéndose asegurar lo mismo en los demás vicios que se les atribuyen.

El hurto, tan decantado en los indios, es en ellos vicio tan pequeño que se puede reputar por nada; sus robos no llegan casi nunca a materia grave, un puño de cebada, algunas papas, y cuando más un carnero, tal vez muy rara, una vaca, y ya esto es mucho; son ellos tímidos hasta lo sumo, temen mucho el castigo, y de aquí viene que roban con cobardía. En todas ocasiones, ¿cuánto robamos nosotros? y ¿con qué desvergüenza? Roban los tribunales, (direlo con horror), vendiendo la justicia con una sucia venalidad; roban los abogados, o ya lle­vando más de lo debido, o admitiendo regalos. ¡Oh Dios!, ¡roban los curas! o por ignorancia, o por malicia, es decir, porque no saben sus obligaciones o porque no las cumplen, y porque no hacen las distribuciones canónicas de lo que cogen de sus beneficios. Roban los mercaderes, ya se sabe, midiendo a palmos sus robos. Roban los enhacendados, y les roban a los miserables indios, ya en la paga de los salarios o en la retardación de los jornales. Comparemos estos gruesos robos, con los rateros robillos de los indios.

La embriaguez es su vicio dominante; pero en ellos parece menos culpable que en los blancos, porque su chicha les sirve de bebida y alimento; ella les vigoriza, les fortalece, para sobrellevar el grave peso de su continuo trabajo. ¿Y acaso no beben los blancos? Ojalá no fuera así, en este infelice tiempo en que han hecho moda la borrachera, beben estos mucho más que los indios. Los vinos generosos, las mistelas dulces, los rossolis, los ponches, las que llaman tumbagas, la chicha misma, se bebe a mares, ya se hace gala la embriaguez, ya no se ven por las calles sino hombres beodos, perdida la noble parte de la racionalidad; se han inventado esas contradanzas, esos bailes, esos deshonestísimos fandangos, que hacen con pretexto, para beber.

La ociosidad que se les atribuye, es sin razón, porque es falso el que pase el tiempo mano sobre mano, como los blancos; no hay gente más laboriosa que la india, ¿qué día tienen de descanso?, ¿qué hora? Desde las cinco de la mañana hasta la seis de la tarde, no dejan sus penosas tareas, y ni aun los días festivos las omiten, porque gastando los indios de haciendas los seis días de la sema­na en servicio de sus amos, emplean el día festivo, en laborar sus tierras, y en sus quehaceres domésticos, y los que se llaman indios sueltos, nunca están ociosos, o trabajando sus pequeñas heredades, ya en sus tejidos, hilados, etc., que les producen lo escasamente necesario para su frugal alimento, y para la paga del Real Tributo. ¿Qué es ver, a las miserables indias en los caminos, en los páramos, en los poblados, caminando, con el huso en la mano, y la rueca a la cintura, sin descansar jamás? ¿Qué ver a un infeliz indio, caminar, treinta, cuarenta y más leguas, sin más cabalgadura, que sus pies? Veamos ahora, las ocupaciones de los blancos; la mesa, el paseo, el baile, el juego, los espectáculos, son los más de los días su más seria ocupación, y muchos de ellos en menos, pues no hacen nada; proyectistas, elocuentes de boca, pero nada en la práctica.

Es preciso confesar que los indios que viven en los poblados, y se rozan con los blancos, son viciados, participando de todos los defectos de ellos, y a la medida del lugar, si más grande o más pequeño, son más o menos corrompidos: ¿pero esto a qué viene?, de la comunicación con los mestizos y españoles, este rozarse los unos con los otros les pegan todas sus malas inclinaciones, sus vicios todos. Estos si son voluptuosos, estos mienten y trampean, estos engañan, estos roban, pero, ¿por qué? Ya lo dije, por la unión con los blancos. Por experiencia, los que no tienen tal comercio, los que viven en los retiros, en los páramos, son unos hombres sencillos, humildes, de buena ley, y con excelentes virtudes morales. Su vida es laboriosa, su comida humildísima, su cama la desnuda tierra, sin más cabecera que una piedra; y más colchones ni cobertores, que unas humildes pieles y una tosca manta raída; su vestuario, ya lo vemos, sobre la carne desnuda, una camiseta tosca de lana, el que llaman capisayo, que es una tira de jerga colgada al cuello, y esto con tal uniformidad, que en cerca de tres siglos, no han mudado traje, cuando los blancos, para cada año tienen moda nueva. Si estos infelices ofrecieran a Dios su trabajosa vida, se podían comparar con los anacoretas de la Nitria y de la Tebaida. Si este no fuera un discurso ligero y hubiera elocuencia, haría aquí un cuadro hermoso de las virtudes morales que los adornan; callaré ya, porque si este papelillo cae en manos de algún Aristarco, es decir de algún criticastro del tiempo, querrán hacer delito de lesa Majestad lo que es evidente pero que no adula sus erradas inclinaciones.

Juan de León Y Larrea

 Discurso Octavo

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